miércoles, 17 de julio de 2013

Una penita

Es una lástima que no estes conmigo,
Que no te hayan encantado mis hechizos,
que el esmero por sorprenderte
solo haya sido magia vulgar,
mediocre.
Evidente.
Que pena que siempre los chistes
fueran tan malos
o a destiempo.
Que estirar los brazos para
acariciarte solo fuera
a tirar el vino en tu mantel nuevo.
Y mil disculpas.
Mil disculpas por no haber alcanzado
los paisajes que te hacian falta.
Mil disculpas por no haber estado
a la altura de tus montañas,
de tu inmensa mirada.

De tu pobre persona.

sábado, 6 de julio de 2013

Palabras para Usted

Cuando camina el desierto, Principito,
usted no sabe que tristeza se le nota.
Hay algo en su andar que conmueve,
un aleteo de pájaros como motor en los pies,
la canción siempre en el borde de los labios.
Para mi que de cansado usted se acercó
de esta manera amiga, compañera, embaucadora.
Usted se puso tan alto ante mis ojos,
deslumbrante, sideral, inmenso.
Usted me convenció a sonrisas
que bordaba el alma con
lo mejor del laberinto.
Usted beso mi boca desesperadamente
para apartarme con sabor a derrota,
a mieles secas.
Usted perversamente me declaro su aprecio,
su afrenta, su deferencia,
su completa falta de amor,
de nada.
De todo.
Usted se fue sin mirar atrás
ni al paisaje.
Usted en el silencio.
Sin dolores.
Sin olvidos.
Sin una gota de sangre, Principito

miércoles, 12 de junio de 2013

La malco...

Entré al bar a las 5. Cuarenta y cinco minutos más tarde. Fede estaba sentado contra las ventanas, la ciudad le aparecía monótona, aburrida de esperarme. Yo lo iba a dejar y supongo que él lo sabía. Hacía dos días que no hablabamos ni contestaba mis mensajes. Así, de la nada. Y este pendejo pelotudo no me iba a sacar canas verdes asi que lo mejor era pegarle una patada y chau pinela, a otra cosa mariposa.
-               Qué haces, Fede. Mirá, quería hablar con vos

Lo miré a los ojos por primera vez desde que había entrado. Estaba sonriendo. Estaba sonriendo como un estúpido al borde de pedirme casamiento.
Junté aire, estaba feliz. Era insufrible que me complicara las cosas así.
-          Fede, yo…
-          Vas a dejarme. Lo sé. Jajaja. Claro que lo se, no me mires así. Sos tan vulgar. No, no,no lo digo por ofenderte sino porque sos vulgar, sos típica. Hace dos días que no te respondo entonces asumis que no me importas o que estoy con otra. Y claro que no te vas a bancar que un pelotudo te abandone entonces vas a abandonarme antes de pensar en sufrir. Antes de exponerte al fracaso o al ridículo que supones andar moqueando por un pajarraco que no esta a la altura de una dama como vos. Mirá si tus amigas se enteran que me querias y que yo no te quiero. Que yo te estoy dejando. Que te vas a cagar, loca de mierda. Que te morís por mi y por eso me condenas a tu abandono. La verdadera condena es seguir estando frente a vos un rato más. Me tomé tres cafés mientras te hacías esperar. Y seguro, no trajiste la billetera porque ibas a dar un portazo dantesco, casi de Shakespeare y dejarme con la misma expresión patética que tenés en la boca.


Se levantó y se fue en el mismo segundo. Las calles de Liniers se llenaron de obreros. No quería mirar al interior del bar hasta que dejara de llorar. Y anda a explicarle al mozo que Fede tenía razón y nunca llevas la billetera…

miércoles, 5 de junio de 2013

Manifiesto de las conchudas


“Las mujeres han servido durante todos
 estos siglos como espejos que poseyeran el
poder de reflejar la figura del hombre a
un tamaño doble del natural”.
Virginia Wolf,


Todo se enaltece cuando aumenta su tamaño, excepto la
concha.
Llamar “conchuda” es como decir “hija de puta” “jodida”.
Una mina de mierda, basicamente.
Nada bueno se espera de la conchuda.
La conchuda es traidora, malvada, resentida. O así nos
han enseñado a ver a nuestro sexo.
Si van a tocarte será en busca de tu conchita.
Si aumenta su tamaño, pues, jugarás del lado de las
malditas.
Si se traspola el aumentativo hasta la palabra pija, ocurre
todo lo contrario.
El pijudo. El poronga. La enorme chota.
Todos ellos son los capos del Universo. Los piolas. Los
que saben lunga como funciona esto: la vida, la literatura,
las almas sensibles, la calle, la física nuclear. Ellos lo saben
to-do.
Ahora, ¿por qué la antítesis social sin disimulo?
¿Por qué el escarnio gratuito al aumento voluminoso de
un sexo u otro?
Creo que la única pretensión de esto es convencernos de
una actitud absurda y machista: conservar nuestro sexo
tan pequeño como se pueda, tan infantil como se pueda,
tan sometido como se pueda.
Si conchuda es la que se va con otro tipo, ¿dónde está la
ofensa?
¿Te fijaste primero si no sos un pelotudo que descuidó los
chiches y se anda quejando que otro nene se puso a jugar?
Ah, no. Claro, la culpa será de la conchuda.
Conchuda es la que hace juicio por alimentos al forro que
se pasea en remis con la misma boluda que terminará
haciéndole juicio por alimentos algún día. Say no more.
Conchuda la que no se deja gritar ni por la policía.
Conchuda la que dice “No te quiero”. Y no miente.
Y no le importa.
Ninguna conchudez nos avergüenza. Ni nuestros períodos
mal humorados ni nuestros embarazos sensibles. Será, en
todo caso, responsable la madre naturaleza.
Un pellizcón en los huevos y ni así entenderías, elefante
trompita.
Nos convencieron de la “belleza” de una vagina pequeña
para imponernos mentes pequeñas, lugares pequeños,
sueños pequeños, decisiones pequeñas.
Ante esta verdad, solo una idea se desprende lógica: En
un conducto pequeño, cualquier astilla es garrocha.
Nos engañaron. Nos quitaron la bandera de la enorme
concha que goza, juzga, elige, pare y se ríe a carcajadas.
Volvamos por ella. Recuperemos la palabra conchuda para
felicitarnos. Para abrazarnos en lo más femenino de
nosotras. Para querer con nuestras fortalezas en toda su
magnitud.
Sin pequeñeces.
Y que se la banquen

domingo, 26 de mayo de 2013

La noticia


Te gusta llamarlo casualidad? Habiendo tantas psicólogas en la ciudad, al mes que se muere tu vieja caes en su teléfono donde una señora amable te dicta una dirección. Con la dirección en la mano te das cuenta que caminas el mismo bosque de tu infancia. Este barrio abandonado por tu familia hace casi 30 años, te ve volver cansada, triste, huérfana.
Los lugares se parecen, alguna calle cambió el nombre. Allá esta tu primer escuela y la iglesia, las plazoletas en rotonda con sus diagonales de bosque; dispuestas para que un niño se pierda aún de la mano de su madre.
Y ese es el problema. Porque ya no hay ni madre. Y las calles están llenas de su mano para cruzarlas, de retos o de caramelos. Algún helado. Y las plazoletas, claro.
La tarde caía cuando encontraste el timbre. Una señora amable te recibió y comenzaste la rutina. Una maraña de razones mezcladas en palabras. Saliendo como podían. Tristezas, duelos, orfandad. Sigo siendo una nena y me quede sola, dijiste entre mocos y llanto. Alguien tiene que haber, retruco la terapeuta. Unos primos, algún tío. Alguien que te devuelva un domingo con fideos, la aburrida navidad.
Después, claro, la devolución del llanto. Las razones del duelo. Las bondades de expresar los dolores afectivos. Todo como retumbado en las paredes porque vos pensas solamente en esos tíos, revisando las listas de familiares lejanos que aun estén con vida.
45 minutos después el otoño te devolvió a la soledad. Las calles del regreso estaban nubladas, con olor a viejo, a irrecuperable.
En la segunda plazoleta doblaste mal. Por despistada. Por casualidad. Pero ahí delante estaba la casa de tu tía, la primer mujer del hermano de tu papá. 30 años y reconociste la terraza, la pequeña reja con alambre artístico, la puerta de madera.
La impresión fue tan grande que te temblaron un poquito las piernas, pero encaraste emocionada como el hijo pródigo en busca del abrazo redentor.
La puerta estaba apoyada sin pestillo. Golpeaste despacio. Tímidamente. Nadie había vuelto a visitarla desde que el tío la abandonó por una vecina con la que se fue a Berazategui y tuvo 7 hijos. Alguna vez mi vieja solidariamente la escucho llorar entre mate y mate mientras yo jugaba en ese patio que podía distinguirse desde la ventana entre abierta.
No respondía. Golpeaste un poco más fuerte, pero aún con timidez. Y si la tía estaba enojada? Y si ya no me reconocía? O, lo que era casi lógico, mi necesidad le importaba tres carajos?
-          ¿Quién es? – Una voz anciana y suave respondía desde quién sabe dónde
-          Soy María, la hija de Héctor y Norma
-          ¿Quién?
-          María, la sobrina de Cacho
-          Pasá

Al empujar la puerta el hedor húmedo te obligó a fruncir la nariz, la oscuridad era profunda y una lámpara pequeña iluminaba la cocina. Para llegar hasta ella, una carrera de obstáculos, muebles, ropa, discos de vinilo que pisaste sin querer  y sin disculparte.
La tía descansaba en una silla mecedora. La vida había sido larga y triste para ella. Sus ojitos casi ciegos, con esas nubes dentro de ellos como si la lluvia se le hubiese incorporado. Delgada, deshidratada tal vez. Con las manos hundidas en un ovillito azul de lana fina, hurgando con sus deditos en él. Tal vez fuera su divertimento.
Te acercaste a besarle la cabeza cuando ella alzó la vista y te asustó un poco. Estaba ciega pero te miraba desafiante.
 -          Tía, soy yo 
Te arrodillaste a su lado y ella nunca dejó de seguirte con los ojos. Ibas a llorar cuando acarició tu mejilla. Y entonces, si. Te abalanzaste sobre su falda implorándole cariño, amor maternal, ternura. Nada, nada de eso te lo merecías por haberla dejado sola, pero realmente lo necesitabas tanto. Todos estos años de ausencias, podía contarte las aventuras de una vida agitada pero entonces vos con tus manos viejitas acariciando mi pelo tiernamente. No pasa nada, preciosa. Pero, tía… No pasa nada, chiquita. No expliques nada. Ya lo se todo. Es que no, tía, pasó algo horrible. Lo sé, ayer vino tu mamá a contarme. No, tía, escuchame. No es necesario, chiquita, mamá me contó todo. Ese encargado tuyo en la fábrica que jode mucho, estate tranquila. No creo que mañana te llame más. Tus hijos son preciosos. Se parecen mucho a vos en los ojos. No te vayas, Normita me dijo que te ibas a asustar. Vení, dale un abrazo a la tía.
Saliste casi sin aire cuando la vecina te asistió en la vereda.

María? Sos María? La hija de Norma? Hijita!! Tantos años. Cuánto lamento la muerte de tu tía. Cómo te enteraste? Cómo anda tu mamá? 

sábado, 25 de mayo de 2013

Casi un secreto


No entenderías porqué
se me escapan los besos,
las carcajadas.
Sería casi incomprensible 
en tu sabia estructura
este hedor de noche,
este calor inmerso en los dedos,
esta lengua ardiente de gritos y gemidos
que refrieguen en las comisuras
de los espasmos vecinales,
ese sacrílego momento de deseo.
Sentirán el deseo.
Absorberán el deseo.
Contemplarán el deseo.
Se lamentarán por él,
todas las mañanas,
en la misma panadería,
en el mismo barrio.

domingo, 19 de mayo de 2013

La Yesi


Por todo nombre cuando no su padre le encajaba un “Barbie” ofensivo y cierto. Barbara Yesica la habían bautizado. Y anda a cantarle a Gardel.
La Yesi era borracha, básicamente. No le importaba caminar veinte cuadras para comprar una cerveza a las 4 de la mañana. Se iba sola o acompañada. Impune. Ebria. Delgadísima y con cara de perro malo. Así la conocí y me di cuenta que lo mejor para mi era ser su amiga. No parecía nada bueno lo contrario.
La invité a mi cumpleaños la misma noche que nos conocimos. Y agradeció mi confianza con su amistad, que era el amor en su estado más rudimentario y puro. Un tiempo de abrazos y confesiones nos volvió compinches. Cuándo mi riñón me dejó a pata, ella acompaño mis tardes tristes de hospital llevándome cigarrillos a escondidas de las enfermeras. Ayudándome a caminar hasta prender el pucho y abrazarla con besos, gracias, tos y risotadas. Cuando volví al barrio, ella me esperaba con una silla para que descanse. Y un vasito de cerveza, claro. Las historias de una mamá ausente, de un hermano preso que cuidaba con empeño; llevándole comida y presencia. Sobre todo presencia que era lo que su delgadita persona destilaba.
El amor de su Chu la amparaba de la tristeza. Llena de besos y calor, Yesi era feliz.
Un día se enfermó.
Otro día se murió.
Y su Chu desconcertado se chocaba con los autos volviendo del entierro. Con ojos enormes y tristes. Opacos. Como todo este abrazo vacío. Como yo.