miércoles, 9 de octubre de 2019

El Farmer, un fantasma que no cesa, por María Negro



Si nadie sabe lo que puede un cuerpo, habrá que imaginar lo que pueden dos.  Un campesino envejecido en el rencor y la locura, y su fantasma corpóreo, vigoroso, intenso.

El Farmer, es el relato teatral de la novela homónima de Andrés Rivera que ingresa en el estado total de un Juan Manuel de Rosas perdido en sí mismo. Sin empatías forzadas. Sin míseras reivindicaciones a un personaje complejo, polémico, que fue expropiado por aquellos a quienes supo beneficiar, y desterrado a una Inglaterra donde la vida trascurrió en la miseria hasta la exhalación.

Pompeyo Audivert será el mismo farmer (granjero, en inglés), con esa manera sin adjetivos con la que se coloca en el escenario. Es lo más parecido a un pañuelo de seda que podamos ver. La expresividad de su cuerpo y su rostro es aún más inmensa y sideral que los diálogos que viajan desde la ironía hasta la crueldad, desde la inocencia hasta el desgarro de la traición.

Rodrigo de la Serna interpreta su alter ego. Su “otro” Rosas aún pleno de poderes, de fuerza, de virilidad. Corre, grita, cae, salta. Lo que podemos llamar locura despliega sus alas como un pájaro en su cuerpo, y no se priva de nada. Ni del humor, ni de las lágrimas, ni de la pasión rabiosa.

Claudio Peña, desde el cello, será la tercera y cuarta presencia en el ritual, artífice de la música indispensable, él y la melodía baja y envolvente que abriga los cuerpos.

Pompeyo y Rodrigo se despliegan en una danza que emula un rastro de Goya, sobre todo en la ferocidad de los trazos; no como expresión de violencia, sino en su intensidad feroz que es la compañera ideal de esa soledad herida, de esa crueldad impotente, de una venganza imposible que se aprieta al deseo que no está muerto, pero que se conforma con el hocico de una perra en el invierno y la nieve.

Un ejercicio total de teatro, no para la complacencia masturbatoria del público, sino como piedra misma que romperá el espejo que nos han mentido y masticado diciéndonos que era el escenario.
No hay espejo. No hay paz. No hay dobles monstruosidades que nos relajen.

Dos cuerpos serán los que griten, los que susurren, los que acudan a un lamento delicado, apenas audible debajo de sus máscaras.

El lamento de una herida que no acabamos de lamer, para entender qué sabor tiene.
Allí también, en el esperma de la historia, se sigue cociendo el lento alimento del presente.



María Negro

El Farmer
Dirección: Andrés Mangone, Rodrigo de la Serna, Pompeyo Audivert
Teatro de La Comedia
Rodriguez Peña 1062
Viernes y Sábados, 22.30 horas
Reservas por PlateaNet

lunes, 7 de octubre de 2019

Bang Bang, el disparo continuo


Se terminaban los 80. La década eterna de la música nacional, de la cocaína, del Sida, de la democracia que se mostraba inútil para frenar la caída del Austral y el incendio que cernía al país. Se terminaban los 80, con su hiperinflación y la llegada del caudillo emponchado que, luego, privatizaría todo lo que cruzara a su paso.

Ahí, en ese fuego concreto y material, Bang Bang hizo su entrada despiadada en los walkman que reventaban pilas para pasarlo una vez, y otra más.

Goya, Rocambole,la poesía impecable, el bajo despiadado, los rocanroles que, violentamente, desplegaban un saxo que colocaba, con extraña dulzura, el sonido perfecto y exacto de una juventud que no sabía para dónde correr.

¿No había sido la dictadura suficiente violencia para que, ahora, la democracia nos golpeara con sus razzias?

¿No alcanzaba con las 30.000 almas arrancadas para que, ahora, la democracia siguiera golpeando sobre cada lomo?

Nuestro amo seguía jugando al esclavo.

Un látigo extenso que demostraba una continuidad histórica entre quienes habían arrancado la tierra con sus tanques y aquellos que, en nombre de la libertad, nos hundían en la miseria a balazos.
Los titanes del orden viril siguen alertas y no han pegado un ojo en estos treinta años. No existe, para ellos, la posibilidad de bajar la guardia. Nunca un perro mira el cielo.

Bang Bang, intencionalmente o no, es el disco que desnuda el discurso de que se come, se cura y se educa con la democracia.

Bang Bang, intencionalmente o no, sigue baleando los días que corren a pura muerte, a todo gramo.

Violencia, siempre siempre, seguirá siendo la mentira.

El arte expresa su tiempo.
Y se queda para siempre, como el registro histórico de lo que gritó en nombre de todos. Así, precisamente así, nos enfrentamos a quienes pretenden liquidarnos.
Desde esta ancha trinchera que es la memoria no nos hemos bajado del caballo.
Benditos los que no dejan de luchar para sacar toda la ropa sucia afuera.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

El Cristo roto, una blasfemia milagrosa


El Cristo roto, la nueva novela de Marcelo Rubio, es un ejercicio delicado sobre el cómo desarrollar una historia interesante en una síntesis exacta. No hay imágenes de más, no toda la información será dada al lector (una confianza hacia nosotros que debemos agradecer), las bondades y sus reversos no son absolutos. Las apariencias de cada personaje no son más que máscaras que representan ese extenso carnaval que es la convivencia en un pueblo pequeño, con acciones pequeñas, con universos definidos, con secretos profundos. Nada que envidiar a las grandes ciudades, solo que en la inmensidad de individuos, esas grandes tragedias escondidas en la máscara logran disimularse mucho mejor.

Si la idea de una historia que acontece en un pueblo nos remite a cierta literatura específica (como Osvaldo Soriano), Marcelo Rubio encuentra otra posibilidad, más cercana a la poesía, a la construcción poética del pensamiento interno; reafirmando desde la belleza las rabias de un país aislado en sus partes desde que las venas ardientes de los carriles del tren fueron desbastadas.

Pero no es una historia de trenes, aunque también.

Un restaurador será convocado por el intendente de un lugar que podría ser cualquiera, para recomponer la imagen de un Cristo particular. Un Cristo que contiene en sí los intereses más altos de cada persona en ese pequeño pueblo. Desde las necesidades terrenales y concretas, que preanuncian un futuro próspero y salvador (sobre todo para el intendente y el cura), hasta las necesidades del alma, esas que no suelen pesar más que en la balanza pequeña y frágil de la vida propia.

La blasfemia y los milagros no son para cualquiera. Hay que merecerlos. La magia es un delicado mecanismo de azares que solo se muestra ante los ojos agotados de observar la vida desnuda de misterios. Marcelo Rubio logra en su literatura componer el misterio y la fe, los sacude del polvo de la vulgaridad, y nos brinda un viaje veloz, fílmico, amable, intenso.

Como los trenes, aunque no sea una historia de trenes.
Pero también.


María Negro

El Cristo roto, de Marcelo Rubio
Editorial También el caracol (2019)