martes, 1 de diciembre de 2015

El verano allá al fondo

Como todo lo verano ¿vio, don Carlos? Con esta calor que uno no sabe si mojarse con la manguera de lo pibe en la vedera o seguir mangueándole hielo a doña Luisa, porque pa’colmo se rompió la heladera y ahora sí que la calor no se banca ¿vio? El ventiladorcito, el Ranser, no alcanza para nada, uno se moja la nuca esperando que le tire un poco de aire cuando pega la vuelta pero no, no se banca el verano. Por eso salimo a la vedera ¿sabe don Carlos? Si no era en verano ni nos enterábamo. Porque adentro de la casa, con el ruido de la tele y lo pibe siempre peleándose por algo, la casa e’ un quilombo que no se escucha nada. Si no era por la calor, don Carlos, por mis ojos que nadie se enteraba. Pero así fue nomá, cuando salimo a la vedera con la Norita y con lo pibe el Luisito ya la tenía a la piba agarrada del cogote y le metía la cabeza en la zanja, abajo el agua se la metía. “¡Callate, puta e’ mierda!” le gritaba el Luisito… y la piba se ahogaba, don Carlos… se ahogaba la piba.
Usté no sabe las cosas que le pasan por la cabeza a uno cuando ve un ahogado. Porque esa vez en el arroyo, cuando al Dieguito al final lo trajo la correntada y la lluvia… Negrito que era y estaba blanco, con lo ojito abierto como asustados, la boquita llena e’ mugre, y yo tuve que sacarlo con el Pedro para llevárselo a la madre que gritaba como lo chancho ¡Cómo gritaba la madre del Dieguito! Y se le tiraba encima aunque todos le decíamo que ya taba muerto. Pero ella lo quería abrazar y le besaba la mugre que le salía de la boca y le quería cerrar los ojitos asustado.
Del Luisito, mire, del Luisito me acuerdo como si lo estuviera viendo. Taba enloquecido, taba. En pedo también estaba, claro. Por eso se cayó de costado de tanto hacer fuerza para meterle la cabeza en el agua a la piba, y ahí fue cuando ella se le zafó y quedó llorando en la vedera del Juan. Justo cuando el Juan salía a comprar una soda… digo yo, porque venía con el sifón en la mano y la vio tirada en la vedera, con la narí hecha pelota y la cara llena e’ mugre.
Yo creo la mugre en la cara de la piba fue lo que más lo enojó al Juan, porque el Juan era hermano del Dieguito. No sé, se habrá acordado o habrá pensado qué horrible será quedarse sin aire en el agua podrida. Pero ni lo dudó. Le partió un sifonazo en el lomo al Luis.
El Luis se quedó aturdido, se quedó. Se apoyó contra la paré y justo que yo iba a gritarle que se dejaran de jodé, sacó un cuchillo de abajo del shorcito.
Hasta la piba dejó de gritar. Se hizo un silencio como en las película de misterio, esas de la tele. El Juan se cayó la boca y se metió en la casa. El Luis quedó solo con la piba en la vedera y yo le dije a la Norita que se metiera pa’dentro de la casa con lo pibe. La piba del Luis se levantó como pudo y corrió pa’la casa de doña Mary aprovechando que el Luis estaba entretenido gritando en el paredón del Juan.
– Salí, puto. La concha e’ tu madre. Salí, cagón de mierda. A ver, salgan todos. Salgan manga de putos a ver quién e’ el poronga acá. Putos de mierdaaaaa.
Se cansó de gritar solo, don Carlos. Un rato largo estuvo puteando a cada vecino hasta que se cansó. Yo taba medio escondido, allá, atrás del paredoncito casi pegado a la canchita. Lo taba viendo irse pa’dentro de su casa, medio tambaleando por el pasiyo, cuando escuché el portoncito del Juan y se me heló la sangre.
A un metro del Luis, el Juan le apuntaba a la espalda con un 38.
Esas cosas de la vida, don Carlos. Vaya uno a saber si el Luis habrá aprendido en la gayola a oír el silencio, el paso traidor, qué mierda haya sido, don Carlos, pero el Luis se dio vuelta como una luz, con el cuchillo en la mano, y quedó de frente con el Luis. Era cierto, don Carlos, nada como el peligro pa’refrescar un mamao.
Yo sabía que todo los vecino taban mirando el despelote escondido de alguna manera. La calor era más fuerte y se escuchaban las chicharras, casi tapando las pocas palabras si es que alguna se dijeron.
La primer cuchillada fue como a la altura del hígado. El Juancito se dobló y quiso apoyar una mano en el piso, pero la segunda cuchillada ya le estaba rompiendo la espalda.
El Luis lo seguía puteando a lo grito. Lo escupía y lo puteaba con gana. Con un desprecio que el Juan no se merecía.
Lo dejó tirado en la entrada del pasillo. Se limpió las mano con un poco de pasto y encaró pa’la casa, todavía más aturdido que antes. La calor, don Carlos, la calor… Las mosca que llegaban rapidito por el olor de la sangre. Y digo yo tanto correr y agitarse por esa puta e’ mierda y este pelotudo metido en lo que no le importa un carajo. Vaya a saber, don Carlos, si al Luisito no le dio un poco de sed y quiso volver para terminar el vino que le había quedado en la mesa. Qué se iba a imaginar que al Juancito le quedaban cinco guita de aire pa’ levantar un poco el brazo y tirar ¡pam! Y con esa puntería… Que en un segundo se le vendrían abajo todo los árbole y que iba a quedar con la jeta al sol que hoy ta más fuerte que nunca.
Con esa calor, don Carlos, con esa calor.
Qué cagada, don Carlos, con esa calor quedarse esperando la muerte, que a este barrio llega siempre antes que cualquier ambulancia.

viernes, 24 de abril de 2015

El Metrobus y el Colón

Uno puede escribir todos los días una crónica del regreso a casa. Sobre todo si ese regreso es del centro al conurbano, paisaje de miles y miles de trabajadores. Siempre recuerdo a los "Cuadernos de Oberdán Rocamora", lectura de una infancia precozmente literaria. Esa intriga que me subyugaba por saber si esos relatos eran posibles o solo la invención de Asís podía darles forma. Algo así me pasa.
El atardecer del centro suele venir acompañado por su danza propia de bocinazos, atropellos y para que ahondar en imágenes si hay un corte de calle. Un piquete legítimo involucrando un despelote vehícular entre los que tratan de volver a descansar su afortunada explotación y los que ya no tienen quien los explote.
La cana, beatífica colaboradora del despelote, por lo general corta siete u ocho cuadras más adelante del corte en sí mismo, como para que quede clarísimo que el infierno y el dante son dos ingenuos.
También corta el Metrobus, cosa que quienes estan en el piquete no hacen. Pero imaginate si la cana se va a perder la oportunidad de demostrar que esta ciudad puede ser un importante quilombo de bondis y autos. Taxis y motos. Peatones de mal humor.
Así que solo resta caminar el sendero del Metrobus en dirección a Retiro, a ver si en algún momento el 100 o el 9 logran recuperar el recorrido.
El Colón estaba ahí. Imponente. Ya era muy tarde y casi como parte de la magia y del azar que nunca nos desamparan, tropezarse con el Colón cuando los ojos buscan al 9, encandila. Enceguece de belleza.
Me crucé a la vereda porque total ya estaba llegando tarde a todos lados. Tiene su ventaja saber que ya nadie te espera. Los que esperaban se aburrieron de hacerlo o se fueron. O resolvieron que la vida continuara igual en mi ausencia.
Por lo tanto, distraerse un rato para observar de cerca al Colón ya no involucraba a nadie más que a mí y a mi cansancio.
Desde la vereda propia es mucho más difícl de apreciar el edificio. Se pierde el sabor de la perspectiva. Semejante construcción se nos cae encima, inconteniblemente.
No reparé hasta unos minutos despúes que el viejito me miraba.
Un "Clocharde", pensé, pintado por Cortázar. Un linyera bien porteño, lejos de París y de Julio. Con olor a mugre, a frazada de diarios y ropa vieja. Ojos color ámbar vidrioso. Amarillo del que esta enfermo o del que tiene hambre. O ambas.
Cómo tenía un pucho prendido, creí primero que iba a manguearme un cigarrillo.
Pasaron los minutos y el mangazo no llegaba. Cuando se incorporó hacia donde yo estaba supuse, resignada, que iba a robarme y casi con ternura recordé que llevaba seis pesos en la billetera y hasta me dió un poco de bronca saber que iba a decepcionarse, y de que forma, cuando la abriera.
Lento se acercó, pero se mantuvo distante y prudente.
Desde unos metros, alzó la vista hacia el teatro y me devolvió la mirada.
Su voz, recién parida para mí. Nacida detrás de sus labios secos, de su boca sin dientes. Su voz me devolvía los dos pies bien a la tierra.
Tan lejos del clocharde, de París y de Rayuela; el viejito miró compasivo al rededor y me dijo:
- A vos tampoco te alcanza la guita para entrar, no?
Y nos reímos juntos.

No tocar. Pintura fresca

Hace años que he decidido ir sola a los museos. Desistí de invitar amigos que me acompañen exponiendome a su crítica sobre esa idiotez que me embarga desde que entro hasta que me voy. Es probable que mis emociones sean exageradas. Pero es un poco agotador oir las voces de personas educadas y cultas tratandome de boba por permitirme la carcajada o el llanto. Por dejar fluir la emoción que no encaja con el comportamiento convenido por los museos sepulcrales en todas las sociedades.
Exento de esto estan mis hijos. Bellísimos cronopios que han adoptado por genética o crianza este gustito por expresar sensaciones sin tanta vuelta. Sospecho que aún debe estar anotado el día en el libro de visitas del Museo Carnacini cuando un Tiago chiquito, de seis años, se paseaba entre litografía y litografía de Dalí mientras un señor con carnet de guía nos ofrecía un paseo con mejores recursos que solo la vista. Acercandose a Tiago le dijo "El surrealismo es así. No tiene ninguna lógica" Tiaguito me miró, chupetín de fruta en mano y no dudo en responder "Vamos solos mamá, que el señor es un pelotudo"
Lo cierto es que, cronopios exentos, al museo voy sola y siempre me pierdo. Un pasillo tras otro, una oscuridad necesaria para las obras, todo me marea. Una superposición de cuadros que me hacen envidiar buenamente a las moscas y sus 500 ojos y yo solo con dos. Naturaleza ingrata.
El paseo del sábado fue pequeño. Con la cabecita llena de Bourdie, poquito tiempo antes de volver para cocinar porque los cronopios son bellísimos siempre y cuando uno les cubra el hambre y no es cosa de andar explicandoles que Gauguin o Manet cuando les importa un carajo otra cosa que no sea milanesas. Pero un ratito Gauguin. Otro ratito Manet. Plaf! El pasillo no era la salida sino la cabezota de Balzac que siempre me dio miedo, por dentro y por fuera. Pero hay que encontrar la salida y volver con el orgullo ileso, no como aquella vez que le pregunté a la mujer de seguridad donde estaba la salida y me dijo "Detras suyo, señora", claramente diciendo señora y no estúpida porque deben prohibirle algunos adjetivos por contrato.
Otro pasillo sin encontrar la salida. Goya. Precioso Goya. El Greco. Pero quiero salir, Greco, perdoneme la insolencia. Usted esta lo más cómodo colgadito en la pared pero, vea, las milanesas, Don Greco. Otro pasillo, esta vez más claro. Tal vez por eso. O porque las casualidades, el azar grande y grisaceo. El hombre que cierra impotente su puño sin tomar las herramientas moribundas sobre la mesa, dormidas.
La mujer frente a él, suya, suya ha de ser, apaciblemente triste. Con el bebé en su regazo y un esternón visible de carne hundida y magra. Ella lo observa, algo va a decirle. Una palabra muda que no oiremos, gritando desde la tela intocable (No se toca, nena).
Gritan la pobreza, la miseria, la carencia. Tal vez este a punto de decirle que no se vaya (¿Porqué se iría?), que ella y su bebé chiquito. Y el hombre puño cerrado todo impotencia y hambre. Impotencia de los sin trabajo. Impotencia de los sin techo, de los revolucionarios de la esperanza emputecida. Aquí (como explicara tan bien el amigo Cortés) es donde pierdo la compostura. No tanta como hubiese querido, como hubiese deseado para parar del brazo a los visitantes y gritarles "Oiga, señor, usted nunca se quedo sin trabajo?" "Usted, señora, sabe que se siente cuando no hay comida?" "Usted, señorita, tiene la fuerza necesaria para cerrar asi de esta forma su puño?"
Pero no, solo me puse a llorar sentada en esos bancos que frente a los cuadros deben tener ese fin y ningun otro. Nadie debería hacer otra cosa frente a esta tela que llorar con suavidad, con conocimiento de causa. Permitirle al azar que fluya y donde le continua la emoción hipnótica por el lateral del cuadro, una pequeña placa informa al público presente que esta obra es del gran Ernesto de la Cárcova.
Aca si, Cortázar que me vas a perseguir en todas las azarosas triangulaciones emotivas, la puta que te parió. Aca sí, querido Cortázar, cuaja todo el llanterío. Porque el señor De la Cárcova no sabía que años luz despúes una de las villas más grandes de San Martín llevaría su nombre. Modificado. Apropiado. "Intervenido" como les gusta decir a los marchands. Los vecinos resolvieron mover la tilde y anda a cantarle a Gardel, ahora que sos Carcova y san se acabó. 
Como no llorar un poco por el barrio. Por el lugar donde tantas madres ahorita hacen milagros para alimentar a sus hijos. Inciensos de basura donde les es permitido revolver para encontrar aquello que aún puede ser útil. Lo que nadie quiere. Lo que nada importa, don De la Cárcova. Tierra, que vaya a saber porque lleva su nombre.
O sera por eso. Por la fuerza de ese puño desocupado que usted pinta, por la fuerza del hambre que reclama Artaud. Por la fuerza de los puños que construiran otro paisaje de la historia donde será disgnísimo llorar en los museos, donde las herramientas no se quedaran impotentes y muertas en una tela.

El 100 y la tardecita

El pibe trepó al montón de cuerpos que se empujaban por entrar en el 100. Encarando al chofer, con su ropita sucia y despeinado, vió como la señora se agarraba fuerte del bolso pero no se sintió incomodado.
La magia, que le dicen. El pibito estiró las alas de su potente voz completa de zamba. El silencio imposible de la ciudad a la salida del trabajo. Y él, todo zamba y potencia. Sonrisa y humor.
Al evidente albañil le extendió la mano para saludarlo con un lacónico "Buenas tardes, ingeniero".
La señora aflojó el cansado bolso para saludarlo cuando sonrió llamandola "princesa".
Los poquitos pesos que un laburante puede llevar en el bolsillo, se los ganó sin discución.
El día ya había muerto cuando llegamos a Retiro. Pero la luna, recién venida, era un abrazo simpático y sanador.
La vida, es una maravilla

Furiosa Buenos Aires

Furiosa. Sin ninguna razón o con todas. Enojada. Plagada de berrinches como una nena. Y esa es la bronca. Encontrar ese resabio infantil cuando queres pensar en frio. Verlo y no poder impedir que crezca. Que sea enojo todo lo que ocurre en el mundo porque a la nena las cosas no le son dadas. Qué clase de princesita te creíste, contame. Por qué los portazos no te iban a pegar en los dedos o en la cara. Siete personas te llevaron por delanteentre Libertad y 9 de Julio. Siete. Los contaste porque todo el tiempo te repetías que al próximo le encajabas una trompada. ¿No me ven?, pensaste con odio. No, no te ven. Como un huracán cruzaste la avenida hasta que la nena descalza te chistó por lo bajo y vos, mecánicamente, sacaste una moneda. "No, señora" te dijo la pibita y te dejó mal parada. Te ofreció una flor. Una flor chiquita y amarilla de las que crecen en el pasto. Las que no tienen nombre o si lo tienen (seguro lo tienen) a nadie le importa. Conmovida te acercaste a darle un beso en su carita sucia. Princesita descalza, cenicienta de Buenos Aires, pichoncito sin alas. La nena se fue apurada. Pobrecita con sus pies con frio. Corriste el colectivo cuando iluminada por un instante metiste la mano en el bolsillo y sí, los últimos veinte mangos que llevabas encima ya no estaban. No te podes enojar con la nena, no tiene el menor sentido hacerlo. Ahora la duda y la flor te acompañan todo el viaje. ¿En qué pase magistral Maradona te pungueaba? ¿Con qué sutileza de mago te hacían pagar la flor sin nombre más cara del condado?
Ahí tenés tu berretín de nena tonta. Ahí tenés tu furia hecha un dibujito.
Te acomodaste en el bondi que, Oh fortuna!, tenía un asiento vacío pero en Córdoba nomás subió una señora con un bebito tapado hasta la cabeza y, claro, le cedes el asiento con ese dolor de espalda y una sonrisa amable y la señora se sienta. Solo entonces podes ver que lo que lleva no es un bebé sino un gatito. Un gatito. La puta madre que lo parió.
Llegás a tu casa, tarde. Dos horas viajando parada. La medialuna colgada del cielo como una lágrima del universo te mira socarrona. Buscás el vaso más lindo para acomodar la florcita maltrecha.
En la esquina del mueble que puede ser mesa de luz o biblioteca según las circunstancias, la acomodás despacio. Bien a la vista de todas tus noches y todas tus mañanas, que la ilumine el sol o la luna según corresponda. Que nunca se marchite. Que no te permita olvidar un solo día que vos, tan convencida de ser piola,no sos más que una aprendiz de gila hasta para las cenicientas que te corren con una mirada.

viernes, 10 de abril de 2015

Homo non sapiens

Hay intentos de consuelo
que solo multiplican el dolor
como un caleidoscopio fatal.
Y uno se acaricia lo flojito,
se suena los mocos.
Observa multiplicada
la mirada
que es todo el mar
convulso y majestuoso.
Vacía los pulmones
con deseos exorcistas.
Aburridos de beber
duendes y lucecitas.
Laten los espejos que uno mira.
Laten despacio,
preocupados por mostrar cabalmente
el movimiento.
Uno mismo, todo el tiempo
observador aútomata
para que; al fín, se comprenda todo.
Hasta el porqué de pronto
nos arrasa dulcemente
el perfume del fuego.

Foul ahí, referí

Al delicado foul
en todo lo que ocurre.
Y elegir, por ejemplo,
la pasión contenida,
la frazada en los pies
siempre. Por las dudas.
La palabra poca y ambigua.

La soledad.

Jugar algunos días
a ser reales
y conservar los modales
y las buenas costumbres
lunes, jueves, domingos
y fiestas de guardar...