viernes, 30 de septiembre de 2016

Tonalidades de verbo





















Hubiera o hubiese
bailado en cada mordisco de
tu boca.

Te juro.

Emperrada en el relámpago.
Amurada, tácitamente.

La pasión vuelta un desierto.
El comportamiento de lo que será vacío.

Y el fuego,
como todo horizonte.

martes, 27 de septiembre de 2016

De los corazones irrompibles















De la lista de brutalidades del fascismo, se alza la ciencia como un géiser de verdades.

La muerte, como tal, como fin de todas las cosas, no es real.

La vida impera en lo inhóspito. Reina en la oscuridad de una fosa común donde el azar lógico empuja a la justicia poética a cumplir su cometido.

El 3 de octubre de 1936, pasaditas las cinco de la tarde, la policia se llevó de su casa a Rafael Martinez Moro, ante la mirada triste de su hijito. Todo el delito de Rafael fue ser el presidente de la Asociación Socialista de Briviesca. Y lo iba a pagar con su vida, como lo hicieron los más de 114,000 desaparecidos que dejó el franquismo en España.

Ochenta años después, un anciano Rafael (hijo) recibe la urna con los restos de su padre, hallados en la fosa común del Monte de Burgos.

El Estado español dio todas las garantías para que Rafael tuviese que esperar ocho décadas para reencontrar su pasado, para completar el camino de esa carita triste que acompañó a papá hasta la puerta, que lo vio marchar con la cabeza en alto, empujado por otros hombres que se parecían más a cualquier cosa que no fuera un hombre.

Pero, como dijimos, la vida impera de formas maravillosas.

Ciento cuatro cuerpos hallados en Burgos, entre ellos el de Rafael, y esa no es la mayor de las noticias.

La sorpresa arqueológica no se limita al reencuentro entre un hijo y los restos de su padre desaparecido, algo que los argentinos sabemos de sobra que en si mismo valdría toda la alegría.

Allí, a pocos metros de la superficie, durante ocho décadas la física y la química pergeñaron el milagro que solo podían construir ellas:

Una mezcla de arcilla, de tiempo, de injusticia, de rabia, de inundaciones en el terreno, de compuestos que ingresaron en los cuerpos fusilados por sus ventanitas hechas de balazos impidiendo que los microbios florezcan en ellos, como manda la naturaleza, para no permitir la completa descomposición de los mismos.

Guardando para la memoria, para la rareza de la ciencia forense, el único caso conocido de saponización de órganos.

Arcilla, agua, tiempo y un delicado ajuste de cuentas con la historia guardaron en ese mar de cuerpitos acunados por la tierra el primer corazón humano preservado en condiciones de ser estudiado.

Un corazón late en Burgos, un imposible corazón que se negó a la muerte.

No fue el único órgano hallado. Cuarenta y cinco cerebros lo acompañaban como resultado del primer hallazgo de estas características en todo el mundo. Cuarenta seis órganos que permiten ser estudiados y reconocidos como pruebas en las causas contra los fusilamientos ocurridos en 1936 en la zona.

Los enterrados se alzan debajo de la tierra con lo mejor del ser humano, su corazón y su mente. Su pasión y la certeza de que el crimen cometido no descansaría en la impunidad.

Ya no como el corazón que acongojó el alma de Poe, sino como respuesta al esfuerzo de las generaciones posteriores que hurgaron en la historia, contra el olvido, hasta encontrarlos.


Como la prueba poderosa y real de que el último latido de la historia no ha sonado todavía.

Balvanera y la madrugada


En el barrio también pasa, claro que pasa.
A eso de las cuatro o cinco de la mañana, que un grupo de pibes o no tan pibes se grite, se insulte y termine a las piñas en la calle.
En el barrio también pasa, y una salía a la vereda, con los pelos despeinados, y le decía a los pibes que se dejaran de joder, que hacían ladrar a los perros y despertaban a todo el mundo.
Por lo general, los pibes rumiaban bronca, pero se iban a pelear a otra esquina, un poco más lejos de la ventana donde nos íbamos a quedar desveladas, leyendo alguna cosita para conciliar el sueño.
La diferencia abismal con la ciudad, es que acá casi no hay ventanas. Y los pibes no se sabe quienes son, porque ellos mismos no se reconocerían a esa hora de la madrugada.
Alguien gritaba desesperadamente durante la noche de anoche. Pedía ayuda a los gritos, y luego insultaba. Salí, igual de despeinada, hasta la puerta del edificio sin encontrar a nadie en la calle.
No fue una pesadilla oír sentada en la cama hasta las seis y media de la mañana los gritos de un ser humano desesperado sin haber podido hacer nada de nada de nada.
Sentir los brazos y la lengua inyectados de impotencia. Pensar cientos de posibilidades sin poder accionar ninguna.
No sé de quién era la voz que desgarró la noche entera.
No importa de quién era.
En Balvanera se asesina a los seres humanos cuando no nace aún el día.
A los futuros muertos, se les permite agonizar un rato largo.
A los que quedamos vivos, el Estado nos garantiza la tortura del espectador pasivo.

Pretexto de mantra

Que te acerques a mi.
Que siembres en cada pedacito de mi boca tu poesía
hasta barrer el último dolor.
Hasta nacer el mar
que calme toda un alma,
que traiga eso que llamábamos paz
y tenia sonrisa.

Malvina y el sol

Malvina está quietita en la vereda del sol. Una decena de hechos fortuitos me llevaron a pasar por la esquina de Yrigoyen y Combate de los Pozos veinte minutos más tarde de lo acostumbrado.
Malvina me dice algo, aunque no nos conocemos. Ambas estamos esperando que corte el semáforo.
No la escucho. Un poco por sorda, otro poco porque voy con los auriculares escuchando un tango.
Por hábito, por costumbre, cuelgo a Malvina de mi brazo y me la llevo por la senda peatonal hasta la otra vereda.
Descuelgo los auriculares para escucharla cuando me de las gracias y es entonces cuando Malvina (que me dira su nombre dos minutos más tarde) me dice que ella no quería cruzar la calle, que solo estaba tomando sol.
Como casi siempre que algo me sale mal, lo primero que hago es reirme de ello, la confusión del semáforo, la senda peatonal y la señora también me provocan una carcajada.
Malvina ríe conmigo, me dice su nombre y es ahí cuando noto que tiene una dificultad concreta para las palabras. Intento entender lo que me dice, pero es realmente complicado y algo se me debe notar en la cara.
- Soy nincora, repite varias veces.
- Claro, claro, respondo en mi condición de sorda, sos una señora preciosa.
- No, no, nincora...
Malvina, que ya a esta altura es como una vecina de toda la vida, saca de su bolso una hoja oficio gigante, fotocopia, donde puedo leer un largo mail firmado por el Dr. Fusillo, cuyo sello dice Neurólogo.
- ACV, dice Malvina con claridad mientras se señala la lengua.
Sigo leyendo. El texto es para felicitarla por sus trabajos como pintora.
- ¡Pintora!, grito como si hubiese descubierto la pólvora.
Malvina sonríe, me ofrece el papel con un gesto de la mano, indicándome que me lo guarde. Se lo agradezco, la felicito por su carrera y me dispongo a continuar la mía, la carrera contra esta mentira que es el tiempo, los veinte minutos de retraso, la costumbre de llegar a horario aprehendida de las peores maneras. “De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno” me decía mi viejo. Así de cierto, tanto que me obligo a regresar a la esquina de Yrigoyen. Malvina me mira con ojitos desconcertados. Le ofrezco mi brazo y mi sonrisa. Cruzamos, pero esta vez hacia su vereda con sol. Malvina se ríe, entonces saco el papel que me dio, una lapicera, y le pido un autógrafo.
Con una mayúscula cursiva y escolar, Malvina escribe “Dios te bendiga, linda y buena chica despistada”. Su mano de piel fría y suavecita, atravesada por todas sus vidas, acaricia mi cara, me besa la frente, vuelve a bendecirme en las palabras que comprendo y no.
Me voy derecho por Yrigoyen, el mismo camino, la misma tarde. Otra vez logre hacerle una burla al tiempo, otra buena intención ha logrado esquivar su derecho al infierno.

She


Ella se tropieza y queda apoyada contra la pared. La veo sola con su carita de dolor desde la senda peatonal de Callao. Nadie se para a ayudarla y me da tanta bronca. Llego, la tomo del brazo, me mira con compasión. Bruto golpe, le digo y le pregunto si se siente bien. No tiene que llegar tarde a una cita, me dice con esos ojitos chiquitos, llenos de lágrimas. La ayudo a acomodarse un poco la pollera de nuevo, se preocupa por su pelo y mientras la veo peinarse usando el vidrio de Borgatta como espejo pienso que esta señora tan viejita y coqueta debe llegar pronto a alguna cita con algún médico. Le pregunto si va al médico mientras ya camina un poco mejor y me toma del brazo para afirmarse por la vereda de Rivadavia. Sonríe. “Dije una cita, nunca te dije que iba al médico”. Ahora sonrío yo. Por sentirme una boba. Caminamos despacio mientras ella me dice que hace tiempo que no salía y que buena noticia que haya este sol. “Si el día está como recién empezado”, dice mientras me agradece, vuelve a corregir el peinado y me da una palmadita en el brazo. “Camino sola, hermosa, muchas gracias”. La sigo un poco por chusma y otro poco por cuidarla. Bruto golpe en ese tobillo. En la puerta del Gaumont espera él, con su saquito en la mano y una sonrisa que solo puede significar que nada espera, que al contrario, algo ha encontrado.
Sin dejar de sonreir se acerca a ella y le da uno de los besos más apasionados del que haya sido testigo alguna vez.
Ella sonríe, le habla del tobillo, mueve un poco la mirada y me ve, me guiña un ojito justo antes de que entraran del brazo al cine llevándose con ellos todo el sol entero. Como solo sabe hacer el amor, sin importar la edad, sin importar la circunstancia.

martes, 1 de diciembre de 2015

El verano allá al fondo

Como todo lo verano ¿vio, don Carlos? Con esta calor que uno no sabe si mojarse con la manguera de lo pibe en la vedera o seguir mangueándole hielo a doña Luisa, porque pa’colmo se rompió la heladera y ahora sí que la calor no se banca ¿vio? El ventiladorcito, el Ranser, no alcanza para nada, uno se moja la nuca esperando que le tire un poco de aire cuando pega la vuelta pero no, no se banca el verano. Por eso salimo a la vedera ¿sabe don Carlos? Si no era en verano ni nos enterábamo. Porque adentro de la casa, con el ruido de la tele y lo pibe siempre peleándose por algo, la casa e’ un quilombo que no se escucha nada. Si no era por la calor, don Carlos, por mis ojos que nadie se enteraba. Pero así fue nomá, cuando salimo a la vedera con la Norita y con lo pibe el Luisito ya la tenía a la piba agarrada del cogote y le metía la cabeza en la zanja, abajo el agua se la metía. “¡Callate, puta e’ mierda!” le gritaba el Luisito… y la piba se ahogaba, don Carlos… se ahogaba la piba.
Usté no sabe las cosas que le pasan por la cabeza a uno cuando ve un ahogado. Porque esa vez en el arroyo, cuando al Dieguito al final lo trajo la correntada y la lluvia… Negrito que era y estaba blanco, con lo ojito abierto como asustados, la boquita llena e’ mugre, y yo tuve que sacarlo con el Pedro para llevárselo a la madre que gritaba como lo chancho ¡Cómo gritaba la madre del Dieguito! Y se le tiraba encima aunque todos le decíamo que ya taba muerto. Pero ella lo quería abrazar y le besaba la mugre que le salía de la boca y le quería cerrar los ojitos asustado.
Del Luisito, mire, del Luisito me acuerdo como si lo estuviera viendo. Taba enloquecido, taba. En pedo también estaba, claro. Por eso se cayó de costado de tanto hacer fuerza para meterle la cabeza en el agua a la piba, y ahí fue cuando ella se le zafó y quedó llorando en la vedera del Juan. Justo cuando el Juan salía a comprar una soda… digo yo, porque venía con el sifón en la mano y la vio tirada en la vedera, con la narí hecha pelota y la cara llena e’ mugre.
Yo creo la mugre en la cara de la piba fue lo que más lo enojó al Juan, porque el Juan era hermano del Dieguito. No sé, se habrá acordado o habrá pensado qué horrible será quedarse sin aire en el agua podrida. Pero ni lo dudó. Le partió un sifonazo en el lomo al Luis.
El Luis se quedó aturdido, se quedó. Se apoyó contra la paré y justo que yo iba a gritarle que se dejaran de jodé, sacó un cuchillo de abajo del shorcito.
Hasta la piba dejó de gritar. Se hizo un silencio como en las película de misterio, esas de la tele. El Juan se cayó la boca y se metió en la casa. El Luis quedó solo con la piba en la vedera y yo le dije a la Norita que se metiera pa’dentro de la casa con lo pibe. La piba del Luis se levantó como pudo y corrió pa’la casa de doña Mary aprovechando que el Luis estaba entretenido gritando en el paredón del Juan.
– Salí, puto. La concha e’ tu madre. Salí, cagón de mierda. A ver, salgan todos. Salgan manga de putos a ver quién e’ el poronga acá. Putos de mierdaaaaa.
Se cansó de gritar solo, don Carlos. Un rato largo estuvo puteando a cada vecino hasta que se cansó. Yo taba medio escondido, allá, atrás del paredoncito casi pegado a la canchita. Lo taba viendo irse pa’dentro de su casa, medio tambaleando por el pasiyo, cuando escuché el portoncito del Juan y se me heló la sangre.
A un metro del Luis, el Juan le apuntaba a la espalda con un 38.
Esas cosas de la vida, don Carlos. Vaya uno a saber si el Luis habrá aprendido en la gayola a oír el silencio, el paso traidor, qué mierda haya sido, don Carlos, pero el Luis se dio vuelta como una luz, con el cuchillo en la mano, y quedó de frente con el Luis. Era cierto, don Carlos, nada como el peligro pa’refrescar un mamao.
Yo sabía que todo los vecino taban mirando el despelote escondido de alguna manera. La calor era más fuerte y se escuchaban las chicharras, casi tapando las pocas palabras si es que alguna se dijeron.
La primer cuchillada fue como a la altura del hígado. El Juancito se dobló y quiso apoyar una mano en el piso, pero la segunda cuchillada ya le estaba rompiendo la espalda.
El Luis lo seguía puteando a lo grito. Lo escupía y lo puteaba con gana. Con un desprecio que el Juan no se merecía.
Lo dejó tirado en la entrada del pasillo. Se limpió las mano con un poco de pasto y encaró pa’la casa, todavía más aturdido que antes. La calor, don Carlos, la calor… Las mosca que llegaban rapidito por el olor de la sangre. Y digo yo tanto correr y agitarse por esa puta e’ mierda y este pelotudo metido en lo que no le importa un carajo. Vaya a saber, don Carlos, si al Luisito no le dio un poco de sed y quiso volver para terminar el vino que le había quedado en la mesa. Qué se iba a imaginar que al Juancito le quedaban cinco guita de aire pa’ levantar un poco el brazo y tirar ¡pam! Y con esa puntería… Que en un segundo se le vendrían abajo todo los árbole y que iba a quedar con la jeta al sol que hoy ta más fuerte que nunca.
Con esa calor, don Carlos, con esa calor.
Qué cagada, don Carlos, con esa calor quedarse esperando la muerte, que a este barrio llega siempre antes que cualquier ambulancia.