Hay que soñar, pero a condición de creer seriamente en nuestro sueño, de examinar con atención la vida real, de confrontar nuestras observaciones con nuestro sueño, de realizar escrupulosamente nuestra fantasía. (LENIN).
Ni sé cuántos meses lo pensé. Leía y releía tu carta. “Te amo” “Sos la mujer de mi vida” Cada palabra se mezclaba con algún recuerdo y comenzaba a sonar sincera.
Y si era cierto?
Y si me querías para siempre, si todo había sido un error, si podíamos perdonarnos sinceramente?
Dudé mucho antes de llamarte pero el bar de siempre me pareció el mejor lugar. El único problema era que ninguno de los dos teníamos ni para el café así que fuimos hasta la plaza y el lugar que nos resultó más privado era frente al árbol dónde hacía tantos años te había declarado mi amor por primera vez.
El destino era azaroso y te sentaste a oirme.
Te elegí de nuevo. Te valoricé por encima de todos los errores. Te perdoné. Nos perdoné.
Sentía la emoción en el aire. Busqué el momento justo.
-Te amo
-Yo no
Seguí sentada porque no podía moverme. Te fuiste rápido pero no lo suficiente como para no dejarme ver que sonreías.
Mirándote de espaldas me deslumbraba esa forma casi etérea de girar que tenías. Con los pies apenas apoyados en el piso estabas hermosa y no era justo seguir mintiéndote. Encontré esmeradamente las palabras justas para no hacerte daño. Y aunque llorabas sin remedio no podía seguir mintiéndote mientras estabas tan hermosa. Entre hipos y abrazos me pediste un último beso. Sinceramente, me sorprendiste. Uno espera una escena de espanto o un sopapo. Además la idea del “último” beso me resultaba terrible. Lo “último” y después la nada, media vuelta y a caminar más aliviado, menos comprometido con vos, más libre de nuevo y vos tan triste, tan destrozada, tan sola con tu último beso que aferrarías a tu boca como un aliciente que sólo es un castigo. Te acercaste temblando. Te abracé y mi boca buscó la tuya como un camino conocido para cumplir tu deseo.
El dolor y la sangre se sintieron al mismo tiempo. La mordida feróz. El jarrón en mi cabeza. - La renguera del perro, querido, si la hubieras visto mejor no estarías tan jodido.
Después de la tercer cerveza siempre nos daba por cantar tangos y darnos besos. Nos queríamos tan de mentira que terminábamos llorando por tu mujer o mi marido. Porque no estaban. Porque se iban. Por esas camas enormes dónde del otro lado de un desierto dormía alguien que nos había conmovido.
Borrachos, blasfemando contra la moral y las buenas costumbres, emprendíamos sin remedio el camino de la sinceridad: Nos sentíamos dos cretinos.
Suspiré hondo y sospeché que comenzaba a explorar un límite.
-Mejor te vas a tu casa. Te estarán esperando.
Bajaste la cabeza y la tristeza se te escapó de los ojos. Con un poco más de silencio hubiéramos oído como algo se quebraba. Me miraste de costado.
-Yo puedo, perfectamente olvidarme de vos, querida. Es más, puedo fingir que nunca me importaste, sabés?
-Confío en eso.
Te sonreíste un poco. Me fui rápido, casi corriendo. No porque fuera tan importante que no me vieras llorar sino que ya salía el último tren y hacia frío para seguir llegando tan tarde a casa. Mucho más frío.
En verdad, gran parte de los seres humanos sufrimos la soledad. Algunos podrán disfrutarla en un momento, pero necesitamos estar acompañados y eso puede padecerse. Su ausencia o su exceso que es una ausencia dialéctica.
Dar amor y recibirlo nos hace sentir vitales, felices, únicos. Elegidos.
La soledad nos duele como la perfecta antítesis de esto. Es, bien reza el dicho, la paz de los cementerios.
En estos relatos, todo esto sucede a la vez, como en la vida. Son seres solos que están acompañados. He aquí lo perverso.
El abismo que comienza a abrirse paso entre los que se amaron.
Inmortales dioses vueltos vulgares hombres y mujeres.
La ruptura.
El suspiro nauseabundo en las postrimerías de la pasión.
El dolor visceral de una buena patada en el culo.
La patada en el culo I
"Mi ego va a estallar
ahí donde no estas"
Crimen - Gustavo Ceratti
Estaba espléndida y lo sabía. Cada día me preocupaba más por mi ropa o mi maquillaje. Quería lucirme y lo lograba. Me sentía en celo y segura de mi cuerpo, eso que es tan complicado para el sexo femenino. Una cuarentona que despertaba la envidia de cualquier quinceañera.
Así, yéndome a trabajar, subí al colectivo y me senté atrás de todo. Desde ahí podía mirar a los pasajeros, la mayoría obreros. Musculosos y dormidos obreros que llenaban el espacio de una sensual ternura.
De pronto vi que un tipo de la fila de asientos de a uno me miraba fijo. Sostuve su mirada y le dediqué una sonrisa pícara. Esas que no dejan mucho margen a aclaraciones. El morocho volvió a mirar hacia el frente por un segundo, como si temiera ser sorprendido, pero pronto regresó sus ojos hacia mi y comencé a excitarme. Para dejárselo en claro, mojé suavemente mis labios. Él sonrió más.
Ay, ay, ay. El hecho que fuera un extraño me estaba enloqueciendo, estaba dispuesta a darle la mano y meterme en un hotel. Casi como “El último tango en Paris”.
Se incorporó despacio sin dejar de mirarme. Sentí que el corazón me iba a saltar del cuerpo. Se acercó hasta la puerta trasera y tocó el timbre. Decidida a rematar la iniciativa intenté pararme, pero sentí su mano en la rodilla.
Cuento seleccionado por Editorial Dunken para su Antología 2008 "Manos que cuentan"
Circe está habituada a levantarse temprano, la jauría de amores a sus pies no se alimenta sola. Agua y pedazos de carne barata compran el silencio de los aullidos nocturnos de aquellos que ansían protegerse del frío entre sus brazos, dormir en un colchón cómodo, servirse de su plato. Unos minutos se toma para acariciarlos; migajas de placer que los complace, mentiras de cariño. Y ellos, fieles y amorosos, se pelean con torpeza por llegar hasta sus piernas y acariciarlas con sus lomos ásperos de soportar la vida a la intemperie en una ciudad invadida por el otoño. Pero esa mañana uno de ellos mira a la distancia, con tristeza. Circe lo observa y piensa “No es más que un cachorro”. Algo en ella se siente distinto, debe cobijarlo porque es un cachorro con tristeza y frío, sí, es extraño, pero es tan extraño que él debe ser abrigado. Él.
La duda no es virtud de los dioses y sin pensarlo más, Circe lo cobija pero el cachorro no responde. –¿Cómo no te pone feliz mi distinción de entre tantos perros deseosos de una parte de todo el abrigo que te ofrezco? El cachorro, sin abandonar su letanía, acomodó la cabeza en su regazo y suspiró. “Su tristeza es infinita” pensó Circe. Y despacio comenzó a caminar hacia su casa llevándolo en los brazos, sin mirar atrás, sin oir el coro espantoso que dejaba su ausencia dónde ya docenas de animales abandonados comenzaban a herirse por conseguir los últimos pedazos de carne. Encontró cobijas y mantas. Allí, bajo el calor de su cocina, el cachorro miraba a su alrededor con sorpresa y desconfianza. Alguna vez había estado en ese lugar. Quizas en otra vida, cuando hombre, esa mujer tan dulce le habia dado la espalda de esa misma manera mientras cocinaba esos olores y cantaba. Esa sensación plácida le era familiar. Se incorporó despacio y comenzó a recorrer el lugar. Lo conocía. Pero, ¿cómo? La mujer jamás los dejaba pasar el jardín y era muy estricta con quienes pretendían hacerlo. Los abandonaba a su suerte lo más lejos posible en el bosque. Y, contrariando la sabiduría popular, ninguno había logrado regresar. Circe buscó al cachorro con los ojos y lo descubrió olisqueando la puerta de su habitación. Sonrió perversa y forzó el recuerdo. Si era cachorro no podía ser un amante muy lejano. Sin embargo no logró descubrir de cuál de todos se trataba, aunque era gracioso verlo indefenso y en cuatro patas olfatear aquel dintel por el cual alguna vez habría de haber entrado, gallardo en su hombría, seguro de él mismo, ingenuo sin saber su destino después de caer en sus brazos y sus hechicerías, incapaz de sospechar que finalmente él sería el poseído. El cachorro golpeó con una pata la puerta de madera, que cedió sin ruidos. Ella lo siguió desde lejos para no asustarlo. Absorto de tules y colores claros, perfumes y delicadas sábanas, el cachorro se trepó a la cama y sus ojos comenzaron a iluminarse. Sin duda, allí había sido feliz. Pero, cuándo? Cómo?
Despacio, la mujer acarició su lomo. Una sensación eléctrica recorrió su cuerpo. Esas manos eran otras manos, algo estaba repitiéndose. Cerró los ojos y dejó que la electricidad lo invadiera, lamió suavemente los dedos de la mujer, la sentía suspirar, esa electricidad comenzaba a compartirse. Los brazos y el cuello. Los senos y el sexo. Todo era lamido de la misma forma áspera. El instinto de sentirse dentro de ella fue más fuerte que cualquier dificultad anatómica.
Circe gimió. El sonido le llegó desde lejos, desde una habitación con una cama y tules y perfumes donde un joven vaciaba su orgasmo en un sueño pesado para despertar de él envuelto en pelos, muerto de frío en un jardín siniestro, rodeado de perros y de lobos, queriendo llorar y escuchando que el llanto es sólo un aullido, vacío. Sin eco.
No duró más que un instante. El salto hasta el pecho y la mordida profunda, fatal. La jauría se alertó del grito seco invadiendo feroz la casa. Alguno habrá logrado con su pata mover la puerta de madera que cedió sin ruido para mostrar la sonrisa pálida de Circe, la sangre manchando los tules, la muerte como único perfume y un cachorro rasgando desesperadamente el pecho de la mujer, sabiendo que debajo del esternón debía de estar el corazón.
Sin comprender porqué sin embargo allí, no había nada.
Desde que soy madre me conmueven aún más aquellas tragedias que le ocurren a los niños de la misma edad de mis hijos (8 y 3 años). La muerte de Facundo me causó espanto, el espanto de sentir que mi chiquito de 8 años podía morir. Que una criatura de 8 años puede morir.
Lo espantoso de todo esto es su carácter de “accidental” cuándo para la medicina moderna el término “accidente” ya no existe. Lo que llamamos accidente no es más que una serie de sucesos evitables que conllevan a una situación trágica. Serie de sucesos evitables. Esto quiere decir que la muerte de Facundo era completamente evitable. No hay desgracias ni mandatos divinos en ella. Un inodoro rajado y la desidia de quienes deben proteger a nuestros hijos cuándo ponemos su vidita en esas manos. No es solamente la educación de ellos, sino su propia vida que (como la de cualquier mortal) es frágil y vulnerable. No nos pueden decir ahora los dueños del colegio, ni el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires que las responsabilidades le caben a algún docente cuándo hasta los mismos padres reclamaban que la propia actividad recreativa de la cual Facundo estaba participando no contaba con la suficiente cantidad de docentes especializados y recibidos a cargo de ella. Y yo pregunto, cuántos alumnos quedan bajo la responsabilidad de un docente cuándo la inspección escolar contempla clases con 30 o más alumnos porque el “espacio físico del aula asi lo permite”? Cómo se mide la “responsabilidad civil” cuándo se dictan clases con los baños destrozados, con los techos a punto de caerse, con las puertas llenas de vidrios que son un elemento lo suficientemente cortante?
No existe en la Provincia un buen control de estos “posibles accidentes” porque no existe una genuina preocupación por la vida de nuestros hijos. Cuándo reclaman extender el crónograma escolar hasta fechas irrisorias están mostrando la perfídia que esconde su gran preocupación: Ya no estamos hablando de bajos salarios por los cuales los docentes salen a la lucha; los maestros nos están diciendo a los padres y a toda la comunidad que la vida de nuestros hijos esta corriendo riesgo en aquel lugar donde naturalmente uno supone que estarían más cuidados: Sus propios colegios.
Hoy que todos seguimos con atención el juicio por Cromagnon esperando que se haga justicia por esos 194 chicos muertos deberíamos reflexionar si lo que más nos ha conmovido de este desastre no es la cantidad numérica de cuerpos apilados. Porque las escuelas están convirtiendose en un lento Cromagnon dónde comienzan a desangrarse chicos de 8 años que solo estaban jugando.
Hacen falta 194 criaturas muertas para conmovernos?
Facundo fue asesinado por quienes deben proteger y cuidar las condiciones minimas para que cualquier establecimiento funcione con normalidad y sin riesgos mortales. Su muerte tiene responsables que van desde los inspectores escolares hasta el Ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires y su responsable directo el Gobernador Daniel Scioli.
Otra vez la falta de inspecciones se ha cobrado una vida. Tan parecido a Cromagnon pero Facundo es uno solito. Tenía 8 años, como mi hijo. Ni sus padres, ni ustedes ni yo deseamos que nos devuelvan un cajón a la hora de retirar a nuestros hijos de la escuela.
Es hora de que comencemos a hacer algo al respecto.
Este riñon izquierdo me trae más dolores de cabeza de lo que todos creíamos. En unos 15 días (con suerte y viento a favor) deberían operarlo para que, de una buena vez, pueda dedicarme a lo que más me gusta de un tiempo a esta parte: Vivir. Mientras tanto, con mucho reposo y poco tabaco, los dejo un ratito más descansar de todas las cosas que ya me van a dar ganas de ir escribiendo. Se llenará este blog de anécdotas hospitalarias, espíritus aledaños a las salas de espera, luces que no anhelamos ver al final de ningún pasillo. Por si me muero en la víspera no esta mal dejar aclarado algo: Si te tiran las patitas a la noche, si te da repeluz el espejo de tu baño, si te acongoja la tarde o se te cae el pelo te voy aclarando que no he de ser yo. ¿Cómo sabrán ustedes que sigo siendo yo quién escribo? ¿La morena tripa de mosca o el pequeño fantasma de ella misma?