martes, 27 de septiembre de 2016

She


Ella se tropieza y queda apoyada contra la pared. La veo sola con su carita de dolor desde la senda peatonal de Callao. Nadie se para a ayudarla y me da tanta bronca. Llego, la tomo del brazo, me mira con compasión. Bruto golpe, le digo y le pregunto si se siente bien. No tiene que llegar tarde a una cita, me dice con esos ojitos chiquitos, llenos de lágrimas. La ayudo a acomodarse un poco la pollera de nuevo, se preocupa por su pelo y mientras la veo peinarse usando el vidrio de Borgatta como espejo pienso que esta señora tan viejita y coqueta debe llegar pronto a alguna cita con algún médico. Le pregunto si va al médico mientras ya camina un poco mejor y me toma del brazo para afirmarse por la vereda de Rivadavia. Sonríe. “Dije una cita, nunca te dije que iba al médico”. Ahora sonrío yo. Por sentirme una boba. Caminamos despacio mientras ella me dice que hace tiempo que no salía y que buena noticia que haya este sol. “Si el día está como recién empezado”, dice mientras me agradece, vuelve a corregir el peinado y me da una palmadita en el brazo. “Camino sola, hermosa, muchas gracias”. La sigo un poco por chusma y otro poco por cuidarla. Bruto golpe en ese tobillo. En la puerta del Gaumont espera él, con su saquito en la mano y una sonrisa que solo puede significar que nada espera, que al contrario, algo ha encontrado.
Sin dejar de sonreir se acerca a ella y le da uno de los besos más apasionados del que haya sido testigo alguna vez.
Ella sonríe, le habla del tobillo, mueve un poco la mirada y me ve, me guiña un ojito justo antes de que entraran del brazo al cine llevándose con ellos todo el sol entero. Como solo sabe hacer el amor, sin importar la edad, sin importar la circunstancia.

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