viernes, 24 de abril de 2015

No tocar. Pintura fresca

Hace años que he decidido ir sola a los museos. Desistí de invitar amigos que me acompañen exponiendome a su crítica sobre esa idiotez que me embarga desde que entro hasta que me voy. Es probable que mis emociones sean exageradas. Pero es un poco agotador oir las voces de personas educadas y cultas tratandome de boba por permitirme la carcajada o el llanto. Por dejar fluir la emoción que no encaja con el comportamiento convenido por los museos sepulcrales en todas las sociedades.
Exento de esto estan mis hijos. Bellísimos cronopios que han adoptado por genética o crianza este gustito por expresar sensaciones sin tanta vuelta. Sospecho que aún debe estar anotado el día en el libro de visitas del Museo Carnacini cuando un Tiago chiquito, de seis años, se paseaba entre litografía y litografía de Dalí mientras un señor con carnet de guía nos ofrecía un paseo con mejores recursos que solo la vista. Acercandose a Tiago le dijo "El surrealismo es así. No tiene ninguna lógica" Tiaguito me miró, chupetín de fruta en mano y no dudo en responder "Vamos solos mamá, que el señor es un pelotudo"
Lo cierto es que, cronopios exentos, al museo voy sola y siempre me pierdo. Un pasillo tras otro, una oscuridad necesaria para las obras, todo me marea. Una superposición de cuadros que me hacen envidiar buenamente a las moscas y sus 500 ojos y yo solo con dos. Naturaleza ingrata.
El paseo del sábado fue pequeño. Con la cabecita llena de Bourdie, poquito tiempo antes de volver para cocinar porque los cronopios son bellísimos siempre y cuando uno les cubra el hambre y no es cosa de andar explicandoles que Gauguin o Manet cuando les importa un carajo otra cosa que no sea milanesas. Pero un ratito Gauguin. Otro ratito Manet. Plaf! El pasillo no era la salida sino la cabezota de Balzac que siempre me dio miedo, por dentro y por fuera. Pero hay que encontrar la salida y volver con el orgullo ileso, no como aquella vez que le pregunté a la mujer de seguridad donde estaba la salida y me dijo "Detras suyo, señora", claramente diciendo señora y no estúpida porque deben prohibirle algunos adjetivos por contrato.
Otro pasillo sin encontrar la salida. Goya. Precioso Goya. El Greco. Pero quiero salir, Greco, perdoneme la insolencia. Usted esta lo más cómodo colgadito en la pared pero, vea, las milanesas, Don Greco. Otro pasillo, esta vez más claro. Tal vez por eso. O porque las casualidades, el azar grande y grisaceo. El hombre que cierra impotente su puño sin tomar las herramientas moribundas sobre la mesa, dormidas.
La mujer frente a él, suya, suya ha de ser, apaciblemente triste. Con el bebé en su regazo y un esternón visible de carne hundida y magra. Ella lo observa, algo va a decirle. Una palabra muda que no oiremos, gritando desde la tela intocable (No se toca, nena).
Gritan la pobreza, la miseria, la carencia. Tal vez este a punto de decirle que no se vaya (¿Porqué se iría?), que ella y su bebé chiquito. Y el hombre puño cerrado todo impotencia y hambre. Impotencia de los sin trabajo. Impotencia de los sin techo, de los revolucionarios de la esperanza emputecida. Aquí (como explicara tan bien el amigo Cortés) es donde pierdo la compostura. No tanta como hubiese querido, como hubiese deseado para parar del brazo a los visitantes y gritarles "Oiga, señor, usted nunca se quedo sin trabajo?" "Usted, señora, sabe que se siente cuando no hay comida?" "Usted, señorita, tiene la fuerza necesaria para cerrar asi de esta forma su puño?"
Pero no, solo me puse a llorar sentada en esos bancos que frente a los cuadros deben tener ese fin y ningun otro. Nadie debería hacer otra cosa frente a esta tela que llorar con suavidad, con conocimiento de causa. Permitirle al azar que fluya y donde le continua la emoción hipnótica por el lateral del cuadro, una pequeña placa informa al público presente que esta obra es del gran Ernesto de la Cárcova.
Aca si, Cortázar que me vas a perseguir en todas las azarosas triangulaciones emotivas, la puta que te parió. Aca sí, querido Cortázar, cuaja todo el llanterío. Porque el señor De la Cárcova no sabía que años luz despúes una de las villas más grandes de San Martín llevaría su nombre. Modificado. Apropiado. "Intervenido" como les gusta decir a los marchands. Los vecinos resolvieron mover la tilde y anda a cantarle a Gardel, ahora que sos Carcova y san se acabó. 
Como no llorar un poco por el barrio. Por el lugar donde tantas madres ahorita hacen milagros para alimentar a sus hijos. Inciensos de basura donde les es permitido revolver para encontrar aquello que aún puede ser útil. Lo que nadie quiere. Lo que nada importa, don De la Cárcova. Tierra, que vaya a saber porque lleva su nombre.
O sera por eso. Por la fuerza de ese puño desocupado que usted pinta, por la fuerza del hambre que reclama Artaud. Por la fuerza de los puños que construiran otro paisaje de la historia donde será disgnísimo llorar en los museos, donde las herramientas no se quedaran impotentes y muertas en una tela.

1 comentario:

Edgardo Carmelo Diantonio dijo...

Me gustó, es un bello texto, excepto el relato donde su hijo sin ninguna necesidad agrede a otra persona. Pero entiendo, siguiendo su lectura, que a usted eso no le parece incorecto.
Gracias por lo demás