viernes, 3 de mayo de 2013

La Madre


Con Carlos nos conocimos en un curso. Viudo, cuarentón y padre de un bebote de 5 añitos. Vivían solos desde que su esposa había fallecido en un hospital de la zona. Virginia, rubia y alegre. Una neumonía mal curada le robo la breve vida a sus 25 años. El chiquito, Alejo, era menudo y simpático. Rubiecito como mamá y de ojos verdes como papá  Sin dudas padecía mucho la ausencia de su madre y, a pesar del cuidado de sus tías, buscaba en mí recomponer esa figura. La ternura de su desamparo y el profundo amor de Carlos fueron una buena razón para definir la situación y casarnos. La fiesta estuvo increíble, una pequeña luna de miel llena de cariño y pasión que terminó en siete días; nuestras obligaciones laborales no nos permitían estar mucho tiempo distanciados de la realidad. Ambas, responsabilidad y fantasía, parecen no llevarse de la mano en estos tiempos tan veloces y repletos de presión.
Volvimos a la casa y Alejo nos recibió con besos y abrazos. Feliz de tener “una verdadera familia” como le gustaba decir a él. Carlos retomó sus tareas inmediatamente mientras yo pude lograr una extensión de mi licencia para descansar, hermanarme en mi nuevo espacio y pasar tiempo con Alejo que parecía necesitarlo.
El primer día, Alejo me ayudó a terminar de desarmar mis cajas y acomodar un poco de ropa en los placares. La casa era muy amplia, paredes blancas con fotos y pocos muebles. No fue difícil comenzar a reorganizar este, mi nuevo hogar. Pegamos pósters y nos fuimos a encargar unos tarros de pinturas de colores para empañar el blanco pulcro que le daba a los ambientes una simpleza de clínica.
Jugamos a varios juegos de mesa hasta que Carlos llegó y cenamos riéndonos de todas las ideas que se nos habían ocurrido para redecorar. Él estaba tan feliz y cansado, pero sobre todo feliz porque Alejo sostenía la sonrisa en el rostro y el cenar era cálido y abundante.
Un estallido nos hizo saltar de la mesa. Carlos se levantó furioso y corrió al living persiguiendo el sonido de lo que parecía un jarrón roto o algo por el estilo. Alejo y yo nos miramos un poco asustados, su manito chiquita se apretó a las mías. “Mami…” me dijo y mi miedo se transformó en ternura. “No pasa nada mi amor, no pasa nada”. Dos minutos y Carlos no regresaba, quise ir tras él pero la manito de Alejo seguía apretándome con susto. Decidí consolarlo y esperar a que Carlos resolviera solo la situación (¿Qué situación? ¿Dónde estaría el jarrón?) así que le sonreí y empecé una vieja canción de cuna “A ver si adivinan, a ver si adivinan quién es esta. Ton Tolón Ton Ton…” Un segundo estallido me heló la sangre, busqué en mi bolsillo el celular para llamar a la policía, pero no estaba. Seguramente había quedado en la biblioteca pero hasta allí tendría que llegar cruzando el living y Alejo estaba realmente asustado. Miré por la pequeña ventana pero solo la noche con su profunda oscuridad estaba dispuesta a mostrarse. Tomé la pequeña mano de Alejo y empecé a buscar con la vista algún lugar dónde esconderlo. Un mueble de cocina, con cacharros y fotos viejas era al parecer la única opción que teníamos. Lo envolví en mi saco y le pedí que se quedara escondido hasta que Carlos o yo volviéramos a buscarlo. Lloraba en silencio, le besé la frente y mirándolo a los ojos le prometí que nunca iba a dejar que nada malo le pasara. Debe haberme creído porque se relajó y entró en el mueble. Cerré la pequeña puerta y un frío helado me corrió por la nuca. Volteé sigilosamente y nadie estaba allí. Me acerqué a la puerta entornada y llamé despacio a Carlos. Nada. Un poco más fuerte. Nada. Grité su nombre. Nada.
Tomé valor y me aventuré por el pasillo que nos separaba. A oscuras, tanteando las paredes que recordaba blancas, comencé a caminar llamándolo suavemente. Una mano húmeda me detuvo. Grité o lo intenté porque ya otra mano me tapaba la boca. Un rayo de luna se filtraba en la ventana, a lo lejos el ladrido de un perro invadía el silencio. Recuerdo un perfume acercándose, alguien corrió. Cerré con fuerza y espanto los ojos. La voz de Carlos me hizo cosquillas en la oreja. “Esto no va a dolerte, nena”. Solo entonces me desmayé.
Abrí los ojos lentamente, atontada, Alejo estaba sentado en la punta de mi cama sonriendo. Estiré las manos para abrazarlo pero mis manos no eran mías. Una tos seca me obligó a sentarme. Un mechón rubio colgaba de mi frente. El terror me obligaba a gritar, pero entonces Alejo se acercó con sus ojitos llenos de lágrimas, me abrazó con fuerza y se acostó en mi pecho. “Yo te extrañaba tanto, mami” me dijo mientras lloraba.
Yo también, mi amor.
Yo también.

1 comentario:

Leonardo Grande Cobián dijo...

Me partiste la cabeza, negra, la próxima vez avisá porque me recagaste el desayuno, voy a quedar paranoico todo el día!