viernes, 17 de mayo de 2013

Ni el poema


No deje nada en vos.

Ni el frio de un otoño que no llega.
Ni las babas de algas que estiraron sus brazos.
Ni la foto tonta escondida en el álbun.
Ni el olor del olivo prendido de tu almohada.
Ni la siniestra mueca del puchero en la despedida.
Ni una canción que te recuerde mi boca.
Ni las anécdotas que llenaran otras mujeres.
Ni una noche con lunas verdaderas.
                                                       Ni el viento te traerá mi nombre.
                                                    No me salva ni el olvido.
Ni la sombra.
                 Ni el poema

viernes, 3 de mayo de 2013

La Madre


Con Carlos nos conocimos en un curso. Viudo, cuarentón y padre de un bebote de 5 añitos. Vivían solos desde que su esposa había fallecido en un hospital de la zona. Virginia, rubia y alegre. Una neumonía mal curada le robo la breve vida a sus 25 años. El chiquito, Alejo, era menudo y simpático. Rubiecito como mamá y de ojos verdes como papá  Sin dudas padecía mucho la ausencia de su madre y, a pesar del cuidado de sus tías, buscaba en mí recomponer esa figura. La ternura de su desamparo y el profundo amor de Carlos fueron una buena razón para definir la situación y casarnos. La fiesta estuvo increíble, una pequeña luna de miel llena de cariño y pasión que terminó en siete días; nuestras obligaciones laborales no nos permitían estar mucho tiempo distanciados de la realidad. Ambas, responsabilidad y fantasía, parecen no llevarse de la mano en estos tiempos tan veloces y repletos de presión.
Volvimos a la casa y Alejo nos recibió con besos y abrazos. Feliz de tener “una verdadera familia” como le gustaba decir a él. Carlos retomó sus tareas inmediatamente mientras yo pude lograr una extensión de mi licencia para descansar, hermanarme en mi nuevo espacio y pasar tiempo con Alejo que parecía necesitarlo.
El primer día, Alejo me ayudó a terminar de desarmar mis cajas y acomodar un poco de ropa en los placares. La casa era muy amplia, paredes blancas con fotos y pocos muebles. No fue difícil comenzar a reorganizar este, mi nuevo hogar. Pegamos pósters y nos fuimos a encargar unos tarros de pinturas de colores para empañar el blanco pulcro que le daba a los ambientes una simpleza de clínica.
Jugamos a varios juegos de mesa hasta que Carlos llegó y cenamos riéndonos de todas las ideas que se nos habían ocurrido para redecorar. Él estaba tan feliz y cansado, pero sobre todo feliz porque Alejo sostenía la sonrisa en el rostro y el cenar era cálido y abundante.
Un estallido nos hizo saltar de la mesa. Carlos se levantó furioso y corrió al living persiguiendo el sonido de lo que parecía un jarrón roto o algo por el estilo. Alejo y yo nos miramos un poco asustados, su manito chiquita se apretó a las mías. “Mami…” me dijo y mi miedo se transformó en ternura. “No pasa nada mi amor, no pasa nada”. Dos minutos y Carlos no regresaba, quise ir tras él pero la manito de Alejo seguía apretándome con susto. Decidí consolarlo y esperar a que Carlos resolviera solo la situación (¿Qué situación? ¿Dónde estaría el jarrón?) así que le sonreí y empecé una vieja canción de cuna “A ver si adivinan, a ver si adivinan quién es esta. Ton Tolón Ton Ton…” Un segundo estallido me heló la sangre, busqué en mi bolsillo el celular para llamar a la policía, pero no estaba. Seguramente había quedado en la biblioteca pero hasta allí tendría que llegar cruzando el living y Alejo estaba realmente asustado. Miré por la pequeña ventana pero solo la noche con su profunda oscuridad estaba dispuesta a mostrarse. Tomé la pequeña mano de Alejo y empecé a buscar con la vista algún lugar dónde esconderlo. Un mueble de cocina, con cacharros y fotos viejas era al parecer la única opción que teníamos. Lo envolví en mi saco y le pedí que se quedara escondido hasta que Carlos o yo volviéramos a buscarlo. Lloraba en silencio, le besé la frente y mirándolo a los ojos le prometí que nunca iba a dejar que nada malo le pasara. Debe haberme creído porque se relajó y entró en el mueble. Cerré la pequeña puerta y un frío helado me corrió por la nuca. Volteé sigilosamente y nadie estaba allí. Me acerqué a la puerta entornada y llamé despacio a Carlos. Nada. Un poco más fuerte. Nada. Grité su nombre. Nada.
Tomé valor y me aventuré por el pasillo que nos separaba. A oscuras, tanteando las paredes que recordaba blancas, comencé a caminar llamándolo suavemente. Una mano húmeda me detuvo. Grité o lo intenté porque ya otra mano me tapaba la boca. Un rayo de luna se filtraba en la ventana, a lo lejos el ladrido de un perro invadía el silencio. Recuerdo un perfume acercándose, alguien corrió. Cerré con fuerza y espanto los ojos. La voz de Carlos me hizo cosquillas en la oreja. “Esto no va a dolerte, nena”. Solo entonces me desmayé.
Abrí los ojos lentamente, atontada, Alejo estaba sentado en la punta de mi cama sonriendo. Estiré las manos para abrazarlo pero mis manos no eran mías. Una tos seca me obligó a sentarme. Un mechón rubio colgaba de mi frente. El terror me obligaba a gritar, pero entonces Alejo se acercó con sus ojitos llenos de lágrimas, me abrazó con fuerza y se acostó en mi pecho. “Yo te extrañaba tanto, mami” me dijo mientras lloraba.
Yo también, mi amor.
Yo también.

lunes, 15 de abril de 2013

De búsquedas y colchones nuevos

Al abrir los ojos, los sueños escurren sus patitas en las pestañas que uno refriega (como mamá la ropa) solo para despertarse. Para pasar de lado y dejar allá tiburones sangrientos, helados descomunales o una sonrisa pícara. Sin embargo anoche. No pudo ser un sueño. Las veredas altas, los cambia vías, las autopistas enredadas. Caminé por la noche la Ciudad de Cortázar. La misma de  Héléne y Juan. Buscándote, claro. Esos espacios solo se transitan por necesidad. Nadie se mete entre trenes, autopistas y edificios enormes abandonados solo por placer. Asomas el inconsciente y este decide dejarte en el patio de tu colegio o en la cama de alguien  pero no te lleva a la Ciudad porque sí, porque es preciso, porque correspondía mientras vos tenias unas carpetas, un sol de otoño y esa puerta enorme que empieza a ceder para que detrás de ella aparezcan espacios abandonados, llenos de polvo y silencio. Avanzas con mucho miedo pero nada ocurre. Nada. Atravesando el edificio todo se explica. Las veredas altas, los trenes y su infierno de vías entrecruzadas.
Es el momento.
Acá es donde tengo que encontrarte para Encontrarte. Acá es donde vas a ser las alas de la mariposa, ese imprescindible que nos lleva tanto tiempo desarrollar. Tengo que encontrarte. Corro por los bares que se amontonan de empleados de oficina que me impiden hablar con los mozos, alguien que te haya visto. Acá tenes que estar, estoy segura. Se puede confluir, no puede ser imposible. No quiero a Héléne. Nunca la quise. Nunca quise la complejidad de buscar en esta madeja de trenes y despedidas.
La noche no es tan larga ni en los sueños. Me habrá ganado la tristeza de entender que ya no estabas. Que no estarás nunca en la Ciudad si yo aparezco. Despacio levanté el cuerpo con sus cuadernos, también  pinceles y colores. Ilusa, con la carita triste arrastrando zapatillas y mocos. Regresando a casa. Las casas con sus puertas altas y sus veredas finitas comienzan a vomitar desde abajo. Mares de agua que fluyen hacia la calle profunda. Ya no importa. El amanecer apretara los dientes con su resignación. En alguna esquina llegará un colectivo que tarda muy poco. Subí y estaba por sacar el boleto cuando el chofer se incorporó para abrazarme y llorar conmigo.
"- No te preocupes. A veces pasa. Dejá el boleto. Pasá, piba"

Y desperté.

jueves, 11 de abril de 2013

Abril en la ciudad

No te voy a perseguir por autopistas gastadas de lugares comunes y aburridos.
No te voy a pegar cartelitos en el bondi ni en la esquina de tu casa dándote pistas para el tesoro.
No te voy a salir de atrás de un copo de nieve celeste con olor a plaza, a tobogán y esas cosas.
No estoy en tus fotos del colegio, con trenzas y sonrisa sin dientes.
No tomamos helados ni corrimos carreras.
Nunca llovió cuando te sonreías.
Aunque escampó cuando lloraste.
No te voy a jugar al truco este aleteo de pájaros huérfanos en el pecho, esta lluvia de abril.

Elijo enredarme los besos en tus pestañas.
Elijo tus ojos de lechuza contorsionando el cuello para buscar la estampa preferida, el mejor dibujo.
Elijo tus paisajes dibujados en los vidrios,
el relato de una montaña  inconclusa.
Las boas abiertas y cerradas.
Las tardes de otoño.
La tormenta y el río.
Tu sur.

viernes, 5 de abril de 2013

El llanto y yo

Cuando lloro no me salen las palabras, si no mas bien gruñidos o cosas raras que no llegan ni a oración de pibe de siete años porque le pifias al teclado con la misma furia con la que le pifias al corazón, a la esperanza, al  intento inútil de no llorar porque acá estas, chiquita. Pelotuda enorme, pavota,  tontita, bobona  que son todo el mismo insulto. La estupidez mezcla con miel y sarcasmo. No puedo escribir cuando lloro y es una pena porque ya no lloro mucho. Y cuando lo hago barro en el llanto sentimientos tremendos, dignos, pasionales, pscóticos, absolutos. Me encantaría escribirlos. Dejarles acá esos pensamientos tan tristes que solo me salen a gruñidos, con onomatopeyas, con mocos.

jueves, 28 de marzo de 2013

Nightmare

Entre la niebla y la oscuridad que su densidad provocaba, busqué a tientas contra la pared alguna puerta en el edificio. Nada. Sus paredes altas, grises, húmedas. Atascando mis manos entre el dibujo de sus ladrillos. Una puerta tiene que existir y ahí parece... un poco más. Si, es el picaporte. Lo giro con cautela y empujo. No hay más que silencio y oscuridad. Unos ventanales rotos dejan pasar la luz de la luna como una antorcha cósmica. Avanzo intentando recordar que es lo que buscaba. Una escalera breve y otra un poco más alta. Pasillos vacíos van perdiendo la luz de la luna detrás de nubes violetas, pesadas, tempestuosas.
Debo apurarme. No sé porqué, pero debo hacerlo. Un empujón al final de la escalera y allí está el pasillo que conduce a la habitación de mamá. Entonces era eso, es muy tarde para la hora de visita. No puedo encontrar a la enfermera, ni a los médicos. Mejor, entonces me echarían. Pero mamá me espera triste, hace tanto que no la veo. Debería peinarla o acomodarle las almohadas pero es tardísimo, el hospital está vacío y arrasado. Ya no hay nadie más que nosotras, aunque no pueda terminar de cruzar el pasillo. Corro, pero el pasillo simula estirarse, elongar sus paredes de plastilina. Cansada me apoyo sobre los vidrios rotos a llorar. No puedo llegar. Soy impotente, cobarde, inútil. Mamá llora, casi puedo oirla. Arrastrando los pies, con las manos sucias, voy avanzando desesperanzada aunque de pronto el pasillo deje de elongar y la habitación 232 se anuncia en un cartel verde ante mis ojos. Ya no llora cuando abro la puerta. Su cama está del otro lado de la habitación y en su lugar una silla pequeña donde mamá sentada con su saco gris, con su carita gris, con su silencio gris, con sus anteojos observando el piso. Quise besarla pero mi papá me lo impidió ofendido y cabrón. A los gritos intenta alejarme de ella y no puedo responder. No puedo decirle que estan muertos. Que me deje abrazar a mamá. Que ya no nos grite. Ella está tan sola y triste. Alzó un poco sus ojos chiquitos para mirarme por encima de mis pies.
- Acostate, hija. Ya está. Descansá.
Papá seguía puteando. Me acomodé en su cama con perfume a suero y antibióticos. La observé un momento más, aunque ya estaba lejos. En alguna cama donde pude por fin cerrar los ojos para descansar.
Y despertar

sábado, 16 de marzo de 2013

Cassandra's Dream



"Probablemente de todos nuestros sentimientos
el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza.
La esperanza le pertenece a la vida,
es la vida misma defendiéndose"
(Julio Cortázar)





Casandra grita.
Otra pesadilla más y van...
Se ha soñado libre, solitaria, entristecida.
El fuego y la destrucción que la aquejan
le dejan la noctámbula fantasía
de creer que sus tempestades podrán superar la realidad.
Casandra mascarón de proa con ojos abiertos
enfrentando al Océano y sus dioses.
Pobrecita.
Tan valiente y nadie alentando su almita de boca seca.
Nadie