lunes, 24 de febrero de 2020

Lo que trae la niebla, y lo que deja el agua, por María Negro



Un boxeador “fantasma” y un periodista en transición a lo fantasmal.

No hay camino más fuerte hacia el desvanecimiento, que la pérdida del trabajo.

Y este periodista está a punto de saberlo, a menos que encuentre y le realice un reportaje  a Ruiz, el hombre que peleó con Alí y luego escondió su vida en el pueblito Laguna Profunda, donde, a pesar de su nombre, ya no hay agua.

Sí hay conejos. Muchos conejos. Tantos conejos que son (casi) el único alimento del pueblo y moneda de cambio. Parte de un sistema económico fantástico que incluye sauces que lloran con las lágrimas de una mujer y haikus escritos en fósforos por un comisario poeta.

La novela de Marcelo Rubio, “Lo que trae la niebla”, encuentra en la belleza de su construcción poética un delicado ejercicio de reflexión íntima y simbólica. La posibilidad de lo fantástico es aquí una necesidad, como lo es el extrañamiento a la poesía. 
Lo que se describirá excede la composición vulgar del lenguaje, precisa ir más hondo en él para contar aquello que ocurre en el alma de los personajes antes que en las acciones, que no serán más que buenas compañeras de estas emociones que se sirven en la historia con una sencillez deslumbrante. El encargo de lo imposible es un pájaro asustado.

Por esto mismo, la niebla no es objeto sino personaje. Puente y pared de agua, camino y  angustia, el enigma y la inquietud de la espera de todo el pueblo por un barco en una laguna seca. La extensión hasta todos los límites de aquello que se puede llamar esperanza o fe, o locura, pero que les pertenece en un arraigo profundo, como la vida misma.

“Lo que trae la niebla” es la claridad amable de ver que el realismo mágico sigue jugando en la plaza de la palabra como un niño feliz. Que la literatura se da sus medios para reverdecer. Que ésta generación de escritores defiende la belleza en el tiempo de la crueldad, porque también es su arma. La defensa de aquello que estamos seguros ocurrirá, aunque nadie más que nosotros sea capaz de ver el agua.



María Negro


Lo que trae la niebla (2018)
Marcelo Rubio
Editorial Indómita Luz

miércoles, 9 de octubre de 2019

El Farmer, un fantasma que no cesa, por María Negro



Si nadie sabe lo que puede un cuerpo, habrá que imaginar lo que pueden dos.  Un campesino envejecido en el rencor y la locura, y su fantasma corpóreo, vigoroso, intenso.

El Farmer, es el relato teatral de la novela homónima de Andrés Rivera que ingresa en el estado total de un Juan Manuel de Rosas perdido en sí mismo. Sin empatías forzadas. Sin míseras reivindicaciones a un personaje complejo, polémico, que fue expropiado por aquellos a quienes supo beneficiar, y desterrado a una Inglaterra donde la vida trascurrió en la miseria hasta la exhalación.

Pompeyo Audivert será el mismo farmer (granjero, en inglés), con esa manera sin adjetivos con la que se coloca en el escenario. Es lo más parecido a un pañuelo de seda que podamos ver. La expresividad de su cuerpo y su rostro es aún más inmensa y sideral que los diálogos que viajan desde la ironía hasta la crueldad, desde la inocencia hasta el desgarro de la traición.

Rodrigo de la Serna interpreta su alter ego. Su “otro” Rosas aún pleno de poderes, de fuerza, de virilidad. Corre, grita, cae, salta. Lo que podemos llamar locura despliega sus alas como un pájaro en su cuerpo, y no se priva de nada. Ni del humor, ni de las lágrimas, ni de la pasión rabiosa.

Claudio Peña, desde el cello, será la tercera y cuarta presencia en el ritual, artífice de la música indispensable, él y la melodía baja y envolvente que abriga los cuerpos.

Pompeyo y Rodrigo se despliegan en una danza que emula un rastro de Goya, sobre todo en la ferocidad de los trazos; no como expresión de violencia, sino en su intensidad feroz que es la compañera ideal de esa soledad herida, de esa crueldad impotente, de una venganza imposible que se aprieta al deseo que no está muerto, pero que se conforma con el hocico de una perra en el invierno y la nieve.

Un ejercicio total de teatro, no para la complacencia masturbatoria del público, sino como piedra misma que romperá el espejo que nos han mentido y masticado diciéndonos que era el escenario.
No hay espejo. No hay paz. No hay dobles monstruosidades que nos relajen.

Dos cuerpos serán los que griten, los que susurren, los que acudan a un lamento delicado, apenas audible debajo de sus máscaras.

El lamento de una herida que no acabamos de lamer, para entender qué sabor tiene.
Allí también, en el esperma de la historia, se sigue cociendo el lento alimento del presente.



María Negro

El Farmer
Dirección: Andrés Mangone, Rodrigo de la Serna, Pompeyo Audivert
Teatro de La Comedia
Rodriguez Peña 1062
Viernes y Sábados, 22.30 horas
Reservas por PlateaNet

lunes, 7 de octubre de 2019

Bang Bang, el disparo continuo


Se terminaban los 80. La década eterna de la música nacional, de la cocaína, del Sida, de la democracia que se mostraba inútil para frenar la caída del Austral y el incendio que cernía al país. Se terminaban los 80, con su hiperinflación y la llegada del caudillo emponchado que, luego, privatizaría todo lo que cruzara a su paso.

Ahí, en ese fuego concreto y material, Bang Bang hizo su entrada despiadada en los walkman que reventaban pilas para pasarlo una vez, y otra más.

Goya, Rocambole,la poesía impecable, el bajo despiadado, los rocanroles que, violentamente, desplegaban un saxo que colocaba, con extraña dulzura, el sonido perfecto y exacto de una juventud que no sabía para dónde correr.

¿No había sido la dictadura suficiente violencia para que, ahora, la democracia nos golpeara con sus razzias?

¿No alcanzaba con las 30.000 almas arrancadas para que, ahora, la democracia siguiera golpeando sobre cada lomo?

Nuestro amo seguía jugando al esclavo.

Un látigo extenso que demostraba una continuidad histórica entre quienes habían arrancado la tierra con sus tanques y aquellos que, en nombre de la libertad, nos hundían en la miseria a balazos.
Los titanes del orden viril siguen alertas y no han pegado un ojo en estos treinta años. No existe, para ellos, la posibilidad de bajar la guardia. Nunca un perro mira el cielo.

Bang Bang, intencionalmente o no, es el disco que desnuda el discurso de que se come, se cura y se educa con la democracia.

Bang Bang, intencionalmente o no, sigue baleando los días que corren a pura muerte, a todo gramo.

Violencia, siempre siempre, seguirá siendo la mentira.

El arte expresa su tiempo.
Y se queda para siempre, como el registro histórico de lo que gritó en nombre de todos. Así, precisamente así, nos enfrentamos a quienes pretenden liquidarnos.
Desde esta ancha trinchera que es la memoria no nos hemos bajado del caballo.
Benditos los que no dejan de luchar para sacar toda la ropa sucia afuera.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

El Cristo roto, una blasfemia milagrosa


El Cristo roto, la nueva novela de Marcelo Rubio, es un ejercicio delicado sobre el cómo desarrollar una historia interesante en una síntesis exacta. No hay imágenes de más, no toda la información será dada al lector (una confianza hacia nosotros que debemos agradecer), las bondades y sus reversos no son absolutos. Las apariencias de cada personaje no son más que máscaras que representan ese extenso carnaval que es la convivencia en un pueblo pequeño, con acciones pequeñas, con universos definidos, con secretos profundos. Nada que envidiar a las grandes ciudades, solo que en la inmensidad de individuos, esas grandes tragedias escondidas en la máscara logran disimularse mucho mejor.

Si la idea de una historia que acontece en un pueblo nos remite a cierta literatura específica (como Osvaldo Soriano), Marcelo Rubio encuentra otra posibilidad, más cercana a la poesía, a la construcción poética del pensamiento interno; reafirmando desde la belleza las rabias de un país aislado en sus partes desde que las venas ardientes de los carriles del tren fueron desbastadas.

Pero no es una historia de trenes, aunque también.

Un restaurador será convocado por el intendente de un lugar que podría ser cualquiera, para recomponer la imagen de un Cristo particular. Un Cristo que contiene en sí los intereses más altos de cada persona en ese pequeño pueblo. Desde las necesidades terrenales y concretas, que preanuncian un futuro próspero y salvador (sobre todo para el intendente y el cura), hasta las necesidades del alma, esas que no suelen pesar más que en la balanza pequeña y frágil de la vida propia.

La blasfemia y los milagros no son para cualquiera. Hay que merecerlos. La magia es un delicado mecanismo de azares que solo se muestra ante los ojos agotados de observar la vida desnuda de misterios. Marcelo Rubio logra en su literatura componer el misterio y la fe, los sacude del polvo de la vulgaridad, y nos brinda un viaje veloz, fílmico, amable, intenso.

Como los trenes, aunque no sea una historia de trenes.
Pero también.


María Negro

El Cristo roto, de Marcelo Rubio
Editorial También el caracol (2019)


viernes, 30 de septiembre de 2016

Tonalidades de verbo





















Hubiera o hubiese
bailado en cada mordisco de
tu boca.

Te juro.

Emperrada en el relámpago.
Amurada, tácitamente.

La pasión vuelta un desierto.
El comportamiento de lo que será vacío.

Y el fuego,
como todo horizonte.

martes, 27 de septiembre de 2016

De los corazones irrompibles















De la lista de brutalidades del fascismo, se alza la ciencia como un géiser de verdades.

La muerte, como tal, como fin de todas las cosas, no es real.

La vida impera en lo inhóspito. Reina en la oscuridad de una fosa común donde el azar lógico empuja a la justicia poética a cumplir su cometido.

El 3 de octubre de 1936, pasaditas las cinco de la tarde, la policia se llevó de su casa a Rafael Martinez Moro, ante la mirada triste de su hijito. Todo el delito de Rafael fue ser el presidente de la Asociación Socialista de Briviesca. Y lo iba a pagar con su vida, como lo hicieron los más de 114,000 desaparecidos que dejó el franquismo en España.

Ochenta años después, un anciano Rafael (hijo) recibe la urna con los restos de su padre, hallados en la fosa común del Monte de Burgos.

El Estado español dio todas las garantías para que Rafael tuviese que esperar ocho décadas para reencontrar su pasado, para completar el camino de esa carita triste que acompañó a papá hasta la puerta, que lo vio marchar con la cabeza en alto, empujado por otros hombres que se parecían más a cualquier cosa que no fuera un hombre.

Pero, como dijimos, la vida impera de formas maravillosas.

Ciento cuatro cuerpos hallados en Burgos, entre ellos el de Rafael, y esa no es la mayor de las noticias.

La sorpresa arqueológica no se limita al reencuentro entre un hijo y los restos de su padre desaparecido, algo que los argentinos sabemos de sobra que en si mismo valdría toda la alegría.

Allí, a pocos metros de la superficie, durante ocho décadas la física y la química pergeñaron el milagro que solo podían construir ellas:

Una mezcla de arcilla, de tiempo, de injusticia, de rabia, de inundaciones en el terreno, de compuestos que ingresaron en los cuerpos fusilados por sus ventanitas hechas de balazos impidiendo que los microbios florezcan en ellos, como manda la naturaleza, para no permitir la completa descomposición de los mismos.

Guardando para la memoria, para la rareza de la ciencia forense, el único caso conocido de saponización de órganos.

Arcilla, agua, tiempo y un delicado ajuste de cuentas con la historia guardaron en ese mar de cuerpitos acunados por la tierra el primer corazón humano preservado en condiciones de ser estudiado.

Un corazón late en Burgos, un imposible corazón que se negó a la muerte.

No fue el único órgano hallado. Cuarenta y cinco cerebros lo acompañaban como resultado del primer hallazgo de estas características en todo el mundo. Cuarenta seis órganos que permiten ser estudiados y reconocidos como pruebas en las causas contra los fusilamientos ocurridos en 1936 en la zona.

Los enterrados se alzan debajo de la tierra con lo mejor del ser humano, su corazón y su mente. Su pasión y la certeza de que el crimen cometido no descansaría en la impunidad.

Ya no como el corazón que acongojó el alma de Poe, sino como respuesta al esfuerzo de las generaciones posteriores que hurgaron en la historia, contra el olvido, hasta encontrarlos.


Como la prueba poderosa y real de que el último latido de la historia no ha sonado todavía.

Balvanera y la madrugada


En el barrio también pasa, claro que pasa.
A eso de las cuatro o cinco de la mañana, que un grupo de pibes o no tan pibes se grite, se insulte y termine a las piñas en la calle.
En el barrio también pasa, y una salía a la vereda, con los pelos despeinados, y le decía a los pibes que se dejaran de joder, que hacían ladrar a los perros y despertaban a todo el mundo.
Por lo general, los pibes rumiaban bronca, pero se iban a pelear a otra esquina, un poco más lejos de la ventana donde nos íbamos a quedar desveladas, leyendo alguna cosita para conciliar el sueño.
La diferencia abismal con la ciudad, es que acá casi no hay ventanas. Y los pibes no se sabe quienes son, porque ellos mismos no se reconocerían a esa hora de la madrugada.
Alguien gritaba desesperadamente durante la noche de anoche. Pedía ayuda a los gritos, y luego insultaba. Salí, igual de despeinada, hasta la puerta del edificio sin encontrar a nadie en la calle.
No fue una pesadilla oír sentada en la cama hasta las seis y media de la mañana los gritos de un ser humano desesperado sin haber podido hacer nada de nada de nada.
Sentir los brazos y la lengua inyectados de impotencia. Pensar cientos de posibilidades sin poder accionar ninguna.
No sé de quién era la voz que desgarró la noche entera.
No importa de quién era.
En Balvanera se asesina a los seres humanos cuando no nace aún el día.
A los futuros muertos, se les permite agonizar un rato largo.
A los que quedamos vivos, el Estado nos garantiza la tortura del espectador pasivo.