martes, 18 de septiembre de 2012

I see crazy people

"...esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo,
solo tienen la superioridad que da la fuerza"
(Antonin Artaud)



Así es.
Y Ellos lo saben.
Saben que nos pertenecemos de alguna extraña forma .
Saben que los veo con claridad. Sus pupilas los delatan.
Un aura colorida y somnolienta los deja al descubierto ante mis ojos
.
Ellos, también me ven.
Me buscan en la calle. En las paradas de colectivos. En las guardias de los hospitales. En una multitud de extraños, Ellos, los locos, saben encontrarme. Se sientan a mi lado con cajas de bombones a contarme ese extraño ruido que hace el motor de sus cabezas que, sin embargo, nadie excepto Ellos escucha. Me invitan a saltar la soga en plena Avenida. Provocan tempestades de cariño, inexplicables. Inconsolables.
Saben que los protejo, que soy su ángel guardián. Me reclaman y ya no les huyo.
Acaricio sus cabezas repletas de ternura. Les gruño jeroglíficos para que respeten mis horas de no-ángel. De pueril obrera. Los oigo caminar hacia mis espacios, avanzando en hordas tristísimas. Sojuzgados por una realidad incompresiva que los expulsa, los encierra, los medica. Aunque estas dos últimas afirmaciones sean una sola, tal vez. Y queden para siempre encerrados en la medicina. Buscando pájaros entre los barrotes de una ventana. O un árbol.
Ellos siempre supieron de mi, en cambio yo tardé en reconocerme. Para mí era natural abrazar a un extraño para calmar su llanto, acariciar sus caras y discutir con las autoridades presentes el derecho pleno de llorar en la calle. De mostrar las entrañas al universo cuando no se pueden esconder mas. ¿Por qué habría de ser de otra forma? ¿Qué le pasa a los adultos serios y responsables cuando eligen espetar un dedo índice inquisidor sobre un chiquito perdido en el cuerpo de un señor grande?
Porque Ellos son chiquitos, perdidos, maltratados, dentro de un cuerpo enorme. En una realidad más grande aún. Que los engulle. Que los asusta.

Ellos
Los que se pierden en los bosques encantados del Montes de Oca. Los desalojados del Borda. Los amigos del Alvear.
Ahí dónde un muchachito escuchaba música y se acercó a pedirme un cigarrillo como excusa para susurrarme al oído "No te olvides que este es el único lugar donde el cliente nunca tiene la razón"
Y sonrió.
Una sonrisa de arco iris. Cerrando sus ojos para imaginar otro día de sol. Lejos de tantas rejas. En una calle ancha avanzando las hordas de locos. Pintando a chorros de colores todo lo que se interponga a su paso. Levantando a carcajadas los peones caídos de este ajedrez patético. Empujando los límites de la belleza.
Desafinando roncos "I Will Survive"
Oh, yeah, my darling.
I Know...
I Will Survive

domingo, 9 de septiembre de 2012

La emoción de fingir

No se puede comparar lo que me hizo. No puede abandonarme así, como si nada. Él sabía que yo no iba a decirle la verdad aunque me pusiera carbón bajo las uñas. No iba a lastimarlo diciéndole la verdad. Esos que dicen que la verdad es absoluta, a mi no me parece. La verdad fáctica se desdibuja en las aristas que puede tener cada realidad individual. Así para mi, mis verdades estaban condicionadas a mi realidad. Y la realidad de él era terrible como para llenarla de malas noticias o datos que no iba a interpretar profundamente. Si, si, claro que es cierto que yo me acostaba con Juan. Pero no hubiese entendido en ese momento las verdaderas razones de porque yo me acostaba con Juan. Porque Juan me mimaba, o me compraba un chocolate, me llenaba de besos, cosas tan elementales como intrascendentes porque lo importante es la familia, claro, pero a nadie le importó si a mi me hacia falta un beso, una caricia, una sonrisa. Entonces le fueron con no se que chisme y naturalmente se armo la podrida. En cuanto le vi los ojos creí que iba a pegarme o a matarme, y supe que no iba a poder manejar la verdad. Si le subía la presión, nadie me iba a ayudar a levantarlo y llevarlo hasta un hospital. Furioso y acalorado gritaba palabras inconexas que rebotaban en mis oídos, en las paredes, en cada sentido del cuerpo. Buscó a tientas el machete bajo mi mirada incrédula. No, mi amor, no me acosté con Juan. Te mintieron. Una lágrima le temblaba en los ojos, trémula, indecisa. Si hablaran los ojos. Si hablaran.
Se decidió a dejarla caer, sintiendo como rodaba y se desprendía de su cara para estrellarse contra el borde de la zapatilla.
Levantó la vista para dejarme ver tanta tristeza. Y luego la nada, su cuerpo desplomado, una ambulancia que no llegaría nunca, grité su nombre, sacudí su cuerpo esperando una respuesta, poder decirle que siempre lo había amado, que no me dejara sola. Que por favor, no me dejara tan sola...

sábado, 1 de septiembre de 2012

Y sin embargo se mueve...

La naturaleza muchas veces se niega a darnos cosas simples, ese tipo de cosas que vienen con el paquete de viaje. Dos ojos, dos manos, un aparato reproductor efectivo. Pero no, no todos podemos ser padres. Aún cuando el amor nos empuja hasta límites inexplorados de ternura, de pasión, de rigurosa medición de la temperatura vaginal, ejercicio yoguistico, eyaculaciones envidiables. Y todo con el único fin de hacerla feliz, pero los años arrastran esperanzas vanas, guita tirada en test de embarazo y una virilidad que comienza a corromperse, a roer los bordes de las mantas, sembrando menstruaciones lacrimógenas, inconsolables.
Así  llegamos hasta la clínica que nos recomendaron, cansados y aburridos de cojernos para procrearnos. Ella habló primero, lloro, explicó a media voz circunstancias que el médico habría oído un centenar de veces.  Sus palabras fueron alentadoras, el 80% de los casos era debido a condicionamientos psicológicos. Sin sospechar que formábamos parte del otro 20%, comenzaría para mi una sucesión de interminables espermogramas de los cuales uno de ellos se ha ganado el relato.

Los espermatozoides pueden vivir 48 hs entre los ácidos del útero a la espera del ovulo, pero fuera de él sobreviven solo una hora. Esto me obligaba a realizar la muestra en las instalaciones de la clínica. Aprendí a masturbarme mecánicamente, sin fantasías, sin incentivos externos. Como el acto de pestañear, la mano se movía ritmicamente sobre el sexo, con un compás rutinario, casi inconexo con el placer. Una paja dialéctica y horrible.
Nos vamos acercando al panorama, y podemos adentrarnos si la secretaria nos informa que el baño privado se encuentra clausurado. Mil disculpas, pero hoy solo cuenta con el sanitario del servicio, el que comparten enfermeras y profesionales. Por aquí, por favor. Le dejo la llave. Muchas gracias.
Prendí la luz y cerré la puerta con la espalda apretando los ojos, harto, triste, humillado. No bastaba con que todos supieran que iba a masturbarme sino que podía oírlos, escuchar sus inescrupulosos comentarios, una carcajada ahogada de una mujer joven, pasos ligeros rozando el picaporte. Abrir los ojos fue casi un error, frente a mi un inodoro, a solo tres pasos. Un lavamos pegado al codo y he aquí el baño mas comprimido del universo.
Gire sobre mis pies y lo intente sentado, pero no pude. La mano ordenaba y la pija respondía. Pero nada "Eppur si muove" pensé, observando la escena como de lejos, con los ojos de un Galileo que se niega a ser derrotado. La boca del frasco estéril aguardando expectante. Casi. Me paré contra el lavamos, apoyándome en él. Un poco mas. La puerta se abrió tímidamente. Intente taparme, pero sus ojos negros inmensos ya estaban ahí. Las piernas se aflojaron y sentí el calor, una corriente en la médula, sus ojos negros clavados en los míos sin movimiento, el tiempo detenido en su mirada.
Avanzo sin quitarme la vista, mojándose los labios.
Con esto es suficiente, dijo, mientras me quitaba el frasco para cerrarlo.

lunes, 13 de junio de 2011

El Indio, el Lobo y la Puta madre

Al Indio Solari

“No quiero la terrible limitación del que vive
tan sólo de aquello capaz de tener sentido.
Yo no: quiero una verdad inventada...”

(Clarice Linspector)

La Piba era flaca, pero un día engordó un poco y vomitaba más. Así se enteró que el Medio ya estaba en ella, no sabía muy bien quién era el afortunado padre, pero hay cosas que importan tan poco a veces, asi que el Medio llegó a su vida mientras Luzbelito jugaba con las sirenas. Un poquito le dolió la idea de no ser tan libre, sobre todo ella que vivía con el bolso hecho esperando el lugar a dónde su vagabunda idea de conocer al Indio la llevara esta vez.
El Medio crecía y las necesidades quedaban flacas como la Piba. Alguna amiga le dijo que el Indio era gustoso de las chicas que trabajan con sus cuerpos, entonces la Piba no lo pensó dos veces y empezó a laburar en un puterío de mala muerte en el norte. La primera vez fue amable y hospitalaria, después empezó a darle un poco de asco tanto tipo descuidándola y sobre todo el ver pasar los inviernos sin que el Indio asomara las narices. Cambió de boliche por uno más céntrico con la misma esperancita y unos mangos más en el bolsillo.
Acá, nene, es dónde la historia se pone gorda. Porque un flaco pelado y de anteojos negros que se hacía llamar El Lobo la acamaló y empezó a mimarla por bonita y por loca. Porque todo el mundo creía que la Piba estaba loca. Hasta el Medio la miraba con ternura empezar a tapar arruguitas girosas, rouge rojo porque esta noche no se sabe. Nunca se sabe, Medio, cuando va a aparecer. La gente famosa es así, están muy ocupados. Y yo voy a ser la mujer que lo acaricie, que lo cuide de tanta mierda.

Parecía una plegaria triste, pero ella estaba convencida de su destino. Se lo contó al Lobo, porque sí. Porque a todos los hombres que abrigó en sus piernas les decía lo mismo. Alguno se reía, a la mayor parte no les importaba que los atendiera con los auriculares puestos. Una puta con su orgasmo caprichoso es más que varias putas que conozco.
El Lobo la escuchó. Y la escuchó. Hasta que un día le dijo al oído:

- Yo te puedo presentar al Indio.

- No te creo

- Sí, Piba. Lo conozco hace un par de años. Salíamos juntos aunque ya no sale mucho…

La Piba le saltó al cuello con los ojitos llenos de lágrimas que hubieran apedreado a cualquier corazón. Lo besó y lo amó sinceramente. El Lobo se fue no sin antes decirle que mañana a las 7. Mañana a las 7.
La Piba
, te imaginarás, festejó toda su jornada laboral. Hombres rudos y duros disfrutaron una ilusión que no sabían suya ni ajena. Esa noche era la reina porque mañana a las 7.
El Medio la vió irse apurada aunque faltaban dos horas para la cita. La Piba lo abrazó emocionada y montó su jean más ajustado. El Lobo la esperaba en la esquina de la plazoleta y arrancaron por la ruta con el estéreo al mango.

- ¿Falta mucho?

- Un poco, como dos kilómetros.

Prendió otro cigarrillo y dejó que el humo le lastime la garganta, Con los ojos cerrados respiraba el tabaco y se imaginaba el impúdico momento que le esperaba. El coche desaceleró y ella prefirió estarse así, en ella misma. Sintió la frenada suave y despegó los ojos. No había un caserón, ni una casa, ni un tinglado. La noche era densa y no se podía ver mucho más allá. Extrañada trató de incorporarse en el asiento. Un derechazo la dejó atontada. Trató de volver a abrir los ojos mientras lo oía al Lobo repetir, Ahora vas a ver al Indio, forcejeando con su cinto. Intentó nuevamente levantarse pero el Lobo ya la tomaba por el cuello con una mano mientras la otra le reventaba la remera. Quiso llorar o dejarse hacer. ¡Pero la indignación era tan grande! ¿Por qué? ¿Por qué le había mentido así? Las lágrimas al fin nacieron y pudo ver a este Lobo comiendo dónde no estaba invitado. Debajo del asiento tanteó algo duro. Una barreta dijo el perito forense, y esto es así, nene, a las putas nadie les cree que las violen. Tres años a la sombra con el Medio tan lejos y sin mamá.

En la leonera conoció a Lola, que la cuidó y la acarició lo suficiente como para sentir el amor dulce. Masturbandose al son de los rocanroles los días pasaron un poco menos fríos. Cuando el abogado dijo que le daban la condicional, Lola lloró amargamente. La Piba la consoló con visitas que sabía que no eran mentira. “Violencia es mentir” dijo el Indio. Vaya si ella lo sabía.
Esa mañana se sentó en este mismo bar, nene. Allá, cerca del mostrador. Untaba una medialuna en el café con leche cuando la ví. Ajada y tensa. Me acerqué cauto y me sonrió. Ella sí que tenía la magia en los ojos. Me dio cosa llorar, al fin y al cabo, ella era la que había padecido y yo solamente la habia esperado.
Le convidé un pucho y terminó el café de un sorbo. Me contó de Lola y sus amigas. Del Lobo de mierda que ojalá no descanse en paz en ningún lado.

- Piba, no sé si es el mejor momento para contarte, pero no aguanto

- ¿Qué cosa?

- Yo ya sé dónde vive el Indio

Largó una carcajada que me asustó un poco. Me miró con ternura, claro, para mi la vida estaba como guardada esperando este momento. A ella la misma vida le había dado un baile inolvidable.

- Medio, me estás jodiendo

- No, Piba, un amigo mio me dio la dirección hace unos meses. Yo lo busqué mucho…

Se levantó de un salto y me abrazó. Por un momento me hizo sentir chiquito, ese chiquito que la miraba irse tan hermosa todos los días hasta el día que no pudo volver. Y las cartas trayéndome dibujos y faltas de ortografía. Tanto amor no cabe en los diccionarios.
Nos miramos absorbiéndonos el alma. Salimos del bar y frené un bondi.

- Andá. Está empezando a llover. Andá carajo a tocarle el timbre a ese hijo de puta y volvé para contarme rápido.

Me besó la frente. Beso sin rouge y sin tristeza. Viajó dos horas y media sin frenar. Se bajó donde le dijeron y caminó unas pocas cuadras. Las manos le temblaban de frío y ansiedad. Buscó el papel con el número y se paró frente al caserón. El corazón se salía del cuerpo, por eso cruzó enfrente y trató de guardar las imágenes que se agolpaban en sus ojos. Los cerró con fuerza para fumar mientras la lluvia ya golpeaba con rabia el asfalto.
Pensó en el Medio, la puta madre, de tan pibito y ya fumando. Y qué queres. Mirá que la vida es ingeniosa, carajo. ¡Mirá vos, donde viniste a parar, Piba! Y qué vas a decir cuando toqués el timbre? ¡Qué se yo! ¡Qué importa! Pero, mirá vos, tanta malaria, tanto dolor y al final un amigo del pibito… ¿Será verdad?
Pensó en la Lola, en el Lobo. Reputísimo Lobo. Y en el Indio. ¿Y ahora?
Dudó un poco. A esa hora y con esa pinta, seguro le llaman a la yuta. Pero la vida no la iba a poner enfrente de sus sueños para que los dejara pasar.
Tomó aire y apretó los ojos. Ahora o nunca. Como el delantero que va a patear el penal de la Copa del Mundo. Ahora o nunca. Vas a ver Indio cómo me llueve el amor que te guardé. Ahora o nunca.
Tomó carrera y corrió con la mano extendida para no apichonarse frente al timbre.

No pudo ver el Megane que ya había acelerado. Un vecino llamó a la ambulancia. No había ningún apuro.
La lluvia puede caer tan cruelmente a veces, nene.

lunes, 30 de mayo de 2011

Indio podés verme? Indio podés oirme?


Cómo una puede ser tan estúpida de creer que las cosas pueden salir como por un tubo y tenés tanta suerte nena de encontrarte con el Indio Solari en Twitter. Te vas a perfumar la compu si hace falta y lo primero que pensas es en mostrarle lo lindo que escribís, lo maravilloso de tu arte, hurgando un empujoncito de alguien que respetas tanto. Feliz de tu vida y agradecida de tu suerte te preocupa empezar a pensar que tal vez no respetas ya a tanta gente, la gente es extraña, cambia de pareceres y nombres, incluso de color de piel si hace falta. La gente se miente o se compadece de tu sonrisa y ya no estas tan segura de que es bueno lo que podés escribir. De que realmente es bueno. Pero ahora no importa, porque el Indio va a leer tus cuentitos y seguro que le gustan, seguro que mañana me escribe y me propone un proyecto juntos, matrimonio o un café. No importa. Es el Indio nena.
Así me escampaba la mediocridad y la desidia, hasta que (Ay! la historia de mi vida es un "hasta que...") un muchacho te confiesa que tuvo el buen tino de usurparle la identidad al mismo Solari y que no es el Indio.
No es el Indio.
Un montón de renglones más que poco importan. Porque no es el Indio. No es el Indio y de pronto parece increible que en este Cosmos de mierda sea tan fácil estar en el mismo planeta, en el mismo país y en la misma provincia tan al pedo. Tan lejos que es igual que estar en Ucrania o Venus. No es el Indio.
La tarde se nubló, sin lluvia.
La comida se enfriaba y quise escuchar los redondos.
En You Tube solo habia covers.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carta a los directores de asilos


"Quiero ir a un manicomio para ver
si la profundidad de la locura
me explica el enigma de la vida"

Soren Kierkegaard



Señores:

Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano. No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, por cada cien clasificaciones donde las más vagas son también las únicas utilizables, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?

No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres -incapacitados o no- de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.

¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.

No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluídos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.

Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza.


Antonin Artaud



lunes, 8 de febrero de 2010

Malaventuranzas


Por Gerardo O. Montero


Malaventurados los que nada tienen que perder,
porque podrán hacer lo que quieran.

Malaventurados los que odian,
porque obtendrán la sangre de sus enemigos.

Malaventurados los sufrientes,
porque gozarán del daño que causan.

Malaventuradas las víctimas,
porque podrán matar a sus victimarios.

Malaventurados los solos,
porque no podrán perder a quien no tienen.

Malaventurados los que no esperan nada,
porque no serán defraudados.

Malaventurados los que han sido traicionados,
porque traicionarán sin culpa.

Malaventurados los humillados,
porque no sentirán lástima.

BIENAVENTURADOS los que sufren por amor,
PORQUE LO HAN CONOCIDO.