lunes, 17 de noviembre de 2014

Fútbol allá al fondo


Volvía del colegio cuando lo escuche a Pablo murmurar:
 “...por eso ya no juega mas a la pelota”.

Yo sabía que hablaba de mí.
Y también porqué lo hacía.
Todos estos años fui su compañera en el Sportivo. Eramos los campeones del barrio. Teniamos una manera de jugar juntos donde no necesitabamos ni mirarnos. Un solo pensamiento con la balón en los pies. Y si nos mirabamos era para saber lo que el otro pensaba, donde iba ese pase corto, donde estaba descubierto el arquero.

Pero es cierto, ya no juego mas a la pelota.
La final con el Defensores de Loma fue un horror. Dos minutos antes de empezar el partido empecé a tener unos dolores raros en la panza. Le dije al director técnico que iba al baño y lo inevitable estaba en la bombacha.
Era la primera vez que me indisponía pero iba a ser la última que me iba a pasar en una cancha. Ni Pablo ni nadie podía entender todo lo que me pasaba en aquel momento. La vergüenza de ver mi cuerpo y mi ropa manchada. Salir corriendo sin poder dar explicaciones. Correr sucia y dolorida y lejos de los amigos y todo fue una mierda.

Asi que me fui del club.
Nunca mas los salude. Hasta cambie la parada del colectivo para ni verlo.
Pero la suerte tampoco tiene que ser muy grande para cruzarse, tarde o temprano, a alguien del barrio. Pablito hablaba con otro pibe y aunque me hiciera la boluda sabia que me estaban mirando cruzar la calle y que no me quedaba otra que pasarles por al lado.

“..por eso ya no juega mas a la pelota”

Clarito se lo escuché. Lo miré y lo encaré sin tantas vueltas.

- Vamos a la canchita

Eso se dice solo para cagarse a trompadas. Cagarse a trompadas en serio. Sin testigos ni amigos ni madres que te salven.
Se rió y el amigo también. Me quede seria para demostrarle que no le tenía miedo y se dió cuenta.
Se levantó de la vereda y me pareció mas alto que la última vez. Sonreía con maldad. Le golpeó el hombro al amigo como despidiendose y empezó a caminar para la canchita.
Lo seguí detrás. La espalda se le veía mas ancha. Caminaba tan seguro y divertido de este momento de venganza que yo le regalaba. La traidora del Sportivo. La conchuda que se fue por semejante pelotudez dos partidos antes de terminar el campeonato. La estúpida que caminaba despacio hasta que llegamos a la canchita y me di cuenta que estaba abrazando la carpeta y un libro como aferrada a ellos.

- No se te van a escapar. Dejalos en el arbol

Apoye las cosas y le di la espalda.
Sentí su mano en la nuca y quise girar, pero apoyó la fuerza de su cuerpo contra el mio. Casi sin aire, comenzó a atarme las manos con algun pedazo de tela.
Entonces, gemí.

Tomó un centímetro de distancia para rozar mis pequeños pechos. Sus manos me rozaban, de pronto nada era presión salvo las muñecas. Quise gritar, pero me lo impidió susurrando en mi oido. 
Jugando con los dedos, se detuvo en mi ombligo. Una mano desabrochaba suavemente la pollera, la otra buscaba ya el horizonte del elástico.
Estaba mareada, se que me hizo girar porque en algún momento lo vi de frente. Casi adorandome, apenas apoyando los labios, besó todo mi vientre. Era otoño. El aire de la tarde era fresco. Un poco de viento le levantaba el pelo ahí arrodillado, acariciando mis muslos, observando la bombacha como se observan las piedras preciosas, casi reflexivo.

Me abriste las piernas. Un perro cerca, nos miraba curioso.
Y vos con un dedo... con un solo dedo jugabas a dibujar el contorno de mi sexo por arriba de la ropa.
Me sentí desesperada. Mi cuerpo estallaba y no sabía lo que quería o si sabía lo que quería.
Todo.
Adentro mio.
Como fuera.
Sacudí la cabeza y tu amigo estaba detrás del árbol. Grité asustada y me bajaste rápido la bombacha. Te reías tan fuerte. Quise zafarme las manos, quería irme.

- No seas tonta, Paulita. Dale, dejanos saber que gusto tiene

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