viernes, 18 de julio de 2014

Salgamos de putas

Cuando tenemos sexo cientos de funciones se alteran. El hipotálamo es una fiesta de dopamina, madre del deseo, ese calor particular que eleva la temperatura de la piel más de un grado. Trillones de neuronas se ven activadas por la intensa información de todas nuestras funciones organolépticas. Los sentidos se desbocan. El tacto busca hacer de la humedad su terreno, ese que en cualquier otro momento le incomodaría. Pero todo esta revuelto. O vuelto. Vuelto de este lado del tiempo, un  tiempo que no puede medirse en términos formales. Debe comprenderse desde la relatividad de Einstein, donde la dilatación primera es la del tiempo. El tiempo, que no es más que una variable matemática, al fín logra lo que todo humano desea, dilatarse. Volverlo un poco más lento. El placer que nos da ese eclipse de tiempo, también, aunque no sea conciente, forma parte del placer como un todo. Somos eternos.
Es esa impresión de eternidad la que se estrella con el orgasmo. Explota. Se permite la muerte. El temor más primitivo esta vencido un instante. Que instante...
Y todo esto ocurre, casi siempre. Porque alguna otra vez uno encima esta enamorado.
La magia del amor consiste en impedir cualquier explicación con ella. Ocurre y cuando sucede todo lo descripto es solo la entrada del laberinto. La belleza del juego, irresistible para cualquiera con dos dedos de frente.
En ese tiempo, en ese momento dilatado de la vida, en esa posibilidad de unión tal que hasta los sexos se desesperan por encajar de todas las formas posibles, en esos besos; en los besos como puentes de esas otras impresiones que se llevan puesta a la física, a la matemática, a la realidad.
La poesía se rinde a los pies del sexo. El arte se rinde ante la belleza del sexo. Nosotros, piadosos benefactores de nuestras neuronas, nos rendimos ante la inmensidad del sexo.
Solo un régimen podrido, muerto de cualquier rasgo humano puede ponerle precio.
Solo un estado proxeneta puede amparar a esos seres inadjetivables que secuestran mujeres para comerciarlas sexualmente.
Para lucrar con lo que debería ser la belleza en saliva.
Como un cuento de horror, el ser humano como tal canibaliza su especie.
Aniquila la vida de aquella que no puede leer esto que escribo, ni niguna otra cosa.
Con el único propósito de ganar dinero.
Dinero.
Necesitamos defender nuestros cuerpos de estas lacras. Hasta el día, no muy lejano, donde les hagamos saber que cada una es todo lo puta que quiere, con quien quiere y cuando quiere.
Aca no hay nada a la venta, papi

2 comentarios:

Leto dijo...

Excelente!

Cecilieaux Bois de Murier dijo...

Ando retrasado en leer tus cosas, pero el contrapunto entre tu himno a la sexualidad y tu crítica al sistema proxeneta es muy lindo.